Lo cierto es que no sé muy bien por qué escribo esto o por qué ahora, pero quería soltarlo. No habrá coherencia, solo flujo de conciencia. There we go:

Abismos. Esa sensación de caída libre que experimenta un escritor que, con obra en mano, no sabe a dónde dirigirse, qué hacer con aquello y qué hacer, básicamente, con él mismo. La situación es complicada. Digamos que si viajas y vives la aventura de escribir junto a un gigante, todo es más fácil. El gigante te protege, muestra tus libros, les da cobijo (les busca hogar). Pero cuando andas solo en medio del universo, buscando que la gente se pare y te mire: estás jodido.

La gente siempre tiene mil y una historias en la cabeza. Vive su mundo. No es maldad, es simplemente su vida. Pero ahí estás tú: queriendo colarte en sus microcosmos, queriendo que te oigan, que escuchen el mensaje que traes bajo el brazo. Pero las olas de gente van y vienen, y tú sigues ahí. Parado, inmóvil.

Parado frente al abismo con ilusión y rabia a partes iguales. Porque el mundo no te escucha y tú quieres ser escuchado. Buscas a gigantes con los que pasear, buscas gente con la que empatizar, buscas, buscas y buscas. Hasta que encuentras la llave de la encrucijada: que el mundo no se para, que las agujas del reloj no se detienen y que más te vale moverte.

Moverte tú, sin parar, saltando por encima de todos (sin quitar luz a nadie) y cooperando, y luchando con otros para que, al fin, resuene tu voz. Con suerte, el eco de tus gritos despertará a un gigante (de esos que antes no tenían tiempo para que les molestases). Y entonces, solo entonces, pensarás que te salvó la paciencia, que te salvó el tiempo.

Pero no, amigo mío, tú eres el que te salvas. Tú eres el que te ahogas. Tú eres el que se eleva o el que se hunde en la más profunda miseria. Tú y tu libro, en mano, surcando mentes, poblando lugares. Siendo trampolín o siendo nada.

Nada.

¿Y yo? Yo sigo en busca de un gigante. De mi gigante.

 

❤❤❤

 

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¡Un abrazo a todos y nos leemos pronto! 🙂