Vais a todas partes
con la cabeza agachada
mirando vuestros smartphones.
Cuellos rotos
adictos a los ‘likes’
que no pueden aguantar
ni un solo día
sin su droga.
Os perdéis la sinceridad
que recrea la melancolía
o aquella flor podrida.
Vuestros dedos hacen el trabajo
de un ascensor que no tiene prisa,
y vuestros propósitos agonizan
mientras el eco de la esperanza
se deshace como la nieve que no cuaja.
Los años pasan
y seguís con la cabeza agachada,
en la escuela,
en el trabajo,
las dos figuras que mandan.
Yo disfruto
(y hago disfrutar)
cuando mi cabeza se agacha
y atrapa un canto espontáneo
emitido por la muchacha
que hierve en mi cama.

 

*Photo by Javier Esteban on Unsplash

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