Hoy vamos a hablar de anarquismo, o más precisamente, vamos a adentrarnos brevemente en el anarquismo de la mano de la filosofía. Y es que a la pregunta de “¿Qué es el anarquismo?” se le puede dar una gran diversidad de respuestas, enfocadas desde distintos puntos de vista y por distintas disciplinas. Pero desde la perspectiva filosófica que les propongo –que, desde ya, no es la única posible– no solo se busca entender la riqueza del movimiento sino tirar por la borda la cantidad de prejuicios que corren sobre el tema. Probablemente ni bien leyeron “anarquismo” en este artículo se les vino a la mente un vándalo encapuchado arrojando bombas molotov buscando hacer daño por el solo hecho de hacer daño. O tal vez piensan en un grupo de personas con aspecto punk, o gente con malas intenciones buscando desestabilizar el sistema para generar lo que comúnmente se entiende por “caos”. Todas esas imágenes (y muchas más que quedan afuera) son las que suelen dar vueltas en el imaginario colectivo cuando se habla de anarquismo, y son definiciones que vienen impuestas por el poder, por quienes dicen ostentar el “orden” (contrario al “caos” anarquista).

Pero ¿realmente es eso el anarquismo? Veamos. El anarquismo no es solo una corriente política, social y cultural más, es el único movimiento que tiene la capacidad de adaptarse al ritmo de la Naturaleza. Es fluido, dinámico, armónico, y no presenta resistencia al cambio incesante, al movimiento, a la transformación. El ser humano tiende a encasillarlo todo para su mejor comprensión, pero la Naturaleza no puede encasillarse, el anarquismo tampoco. Cabe aclarar que cuando hablamos de Naturaleza no nos referimos a lo que comúnmente se entiende por naturaleza (plantas, animales, ambiente natural, etc.) sino a la realidad sin interferencia de lo humano. Nos referimos a la armonía del Todo (o del Logos en sentido heraclíteo), o como lo definiría uno de los padres del anarquismo, Mijaíl Bakunin, en sus “Consideraciones filosóficas”:

Todo lo que es, los seres que constituyen el conjunto indefinido del universo, todas las cosas existentes en el mundo, cualesquiera que sea por otra parte su naturaleza particular, tanto desde el punto de vista de la calidad como de la cantidad, las más diferentes y las más semejantes, grandes o pequeñas, cercanas o inmensamente alejadas, ejercen necesaria e inconscientemente, sea por vía inmediata y directa, sea por transmisión indirecta, una acción y una reacción perpetuas; y toda esa cantidad infinita de acciones y de reacciones particulares, al combinarse en un movimiento general y único, produce y constituye lo que llamamos vida, solidaridad y causalidad universal, la naturaleza.

Es por ello que no debe leerse el concepto de Naturaleza (como así tampoco ningún término aquí empleado) con una carga idealista o, si se quiere, espiritual. Todo lo referido se muestra en el plano materialista.

Decíamos entonces que el anarquismo, al igual que la Naturaleza, no puede encasillarse, someterse a límites. También dijimos que se suele acusar a este ideario de incentivar el “caos”, el desorden, pero paradójicamente quienes pronuncian esas acusaciones tienden a ser mentalidades rígidas, inflexibles, estáticas, que zozobran si algo se sale de sus márgenes o resulta inencasillable, temen, se tornan inseguros. Son estáticos, si, y defienden al Estado. No es casualidad que ambas palabras, Estado y estático, provengan de la misma raíz (raíz indoeuropea sta-, presente en el verbo griego “histamai” = establecer, poner de pie, detener), que designa justamente eso, lo rígido, lo que se opone a la dinámica natural. Y al manifestarse unos ideales que buscan romper ese estatismo (en ambos sentidos), cuyo movimiento es tan continuo que no permite límites, casillas, que promueve, en definitiva, la libertad, las mentes rígidas y estrechas señalan, acusan, vilipendian.

Por otra parte, se asocia el anarquismo con el caos, pero ¿es realmente caos? Todo depende de qué entendamos con esa palabra. Podemos definirlo en el sentido más corriente, más vulgar, como “desorden o confusión absolutos, es decir, opuesto al orden. Pero esa definición no nos libera ninguna carga a menos que pasemos a definir lo que es el “orden”. Dicho orden ¿es trascendente o inmanente a lo humano? O en otras palabras, ¿es una construcción humana o realmente el Universo se maneja según sus propias reglas? Anteriormente dijimos que el ser humano necesita encasillar, poner determinados límites para poder comprender la realidad. De hecho el mismo lenguaje cumple esa función; recortar la realidad para su mejor comprensión. Cuando yo digo “mesa” estoy diciendo a su vez “mueble formado por un tablero horizontal, sostenido por uno o varios pies, con la altura conveniente para poder realizar alguna actividad sobre ella o dejar cosas encima”, con lo cual dejo afuera una infinidad de otras posibilidades que podrían entrar en la palabra “mesa” (un árbol no es una mesa, pero un taburete podría cumplir la función de mesa). El lenguaje es simbólico, es una construcción humana cuyo fin es aprehender la realidad, no solo para conocerla, sino también para poder comunicarla a otros sujetos. En ese sentido el orden lo impone lo humano, ¿pero podría ser de otra manera? Para ello debemos respondernos ¿podemos conocer por fuera de nuestro universo simbólico? O en otras palabras, ¿podemos ver a la Naturaleza directamente a los ojos?

– “A la verdadera Naturaleza le gusta ocultarse” nos diría Heráclito.

– “Debemos renunciar a emitir juicios sobre los fenómenos en sí” nos diría luego un escéptico.

Las respuestas posibles son muchas pero la que guía este artículo es una, y nos dice que el orden es una construcción en el campo de lo humano orientada a darle sentido a la realidad y facilitar su aprehensión. El cerebro humano es muy estructurado y sin ese orden que le aplicamos a toda la realidad se volvería loco y, sobre todo, sentiría miedo, miedo a lo desconocido.

Una vez definido el “orden” podemos definir su contraparte, el “caos”. Vamos a decir entonces que el caos es lo inaprehensible, y en esa definición sí se siente cómodo el anarquismo. Es decir, si el orden es lo que se puede aprehender de la Naturaleza por medio de lo humano, lo simbólico, el caos es donde el orden no llega, es la ausencia de lo humano, es la Naturaleza en estado puro. Pero entonces, si el orden pretende darle sentido a la realidad, ¿quién determina cuál es el sentido? Tal vez suene foucaultiano pero la respuesta tiene nombre y apellido; el poder. Sí, el orden beneficia siempre al poder, y los anarquistas lo saben. Tomemos nuevamente el lenguaje como una de las tantas instituciones ordenadoras, más precisamente la palabra “violencia”. ¿Quién determina cuando una acción se considera violenta y cuando no? ¿Por qué un manifestante exigiendo un derecho constitucional puede ser violento pero el policía que le dispara balas de goma solo “está poniendo orden”? Justamente, porque el orden beneficia al poder. Y como tal, no es la única institución ordenadora. Además del Estado – impulsor del orden por excelencia – tenemos la institución bancaria, la institución policial, la institución religiosa, incluso las instituciones educativas que bajan línea a los más chicos de cuál es el orden a seguir. También las reglas que de ellos se derivan; las normas, las leyes, los mandamientos, que pretenden resistir el paso del tiempo y conservar su vigencia para así mantener la estabilidad que predican. No está de más reiterar que la Naturaleza no tiene orden ni desorden, es un continuo fluir, caótico porque no se deja atrapar, es la armonía que subyace, que se oculta, y que el anarquismo pretende emanar.

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¡Hasta la próxima!

4 comentarios de “Anarquismo: Lo inaprensible del caos y lo armónico del orden

  1. M.Dietrich dice:

    Más que excelente ,brillante.Te sigo y cada día veo que tenes más razones,braviamente fundamentadas,un orgullo haber contribuido a tu formación.Mabel Dietrich.

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