La soledad es no poder decirla.
Alejandra Pizarnik
Soledad, te odio cuando me arañas, porque provocas mi angustia. Te siento rodeándome y atacándome cuando mi cabeza no se calla y me siento incómoda con mi única presencia. La conciencia repiquetea y martillea. Si no estoy conforme con algo, me invade una incomodidad insoportable.
Esa incomodidad puede nacer estando únicamente conmigo misma, pero también nace muchas veces cuando estoy con otros. Me descubro en un lugar en el que no me siento cómoda y siento la necesidad de salir de allí. Noto que no me siento acompañada, que los que me rodean no tienen nada en común conmigo. Necesito salir a buscar un lugar en el que sentirme segura.
Ese sentimiento de soledad negativo me abre los ojos a que tengo un problema o bien con mi conciencia o bien es que ha llegado el momento de encontrar nuevas compañías.
Pero la soledad tiene también otra cara. Cuando salgo de noche,  a mirar la luna. Cuando me siento frente al mar a ver una puesta de sol. Soy amante de la soledad, ese lugar en el que en realidad no estoy nunca solos. Adoro ese lugar donde nace el pensamiento y la creatividad, donde podemos leer y escribir. Creo que es el lugar donde nace todo artista. La soledad, cuando está acompañada de la emoción adecuada es el mejor lugar del mundo. Pero en ese instante no parecemos ser conscientes de su presencia. No la nombramos mientras nos sentimos en paz. Porque nos parece inexistente. Nuestra compañía es suficiente. Soledad, me gustas cuando me acompañas, porque estás como ausente.
Imagen del proyecto colaborativo de Adolfo Félix, Ernesto Tánori, Rubén Encinas

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