Tantas posibilidades como imposibles,

siento el borde del mar

en el borde de mis manos

la erosión de sus rocas

en cada una de mis costillas,

el oleaje bravío en mis pupilas

que quieren ser navío, playa, costa, filo.

 

Siento aquí, en el pecho,

el vacío de una isla perdida,

la soledad del fugitivo,

el amanecer desnudo de la vida

que me empapa de tristeza y júbilo,

que me ahoga de añoranza y ganas.

 

Hay barcos hundidos en mis pies

y una arena fina en mi ombligo,

y allí yo soy barco, no marinera,

por este miedo a ser sólo acantilado

impulso de suicidas con exceso de fe.

 

Estoy sola en medio de la inmensidad

de una playa que se me aparece desierto,

y mis pinchos se clavan en mis propias hojas

y la vida sangra hasta llenar el vaso.

 

Puede que algún día me beba el ocaso

y brinde por esta noche y todas las noches,

y las estrellas sean el faro donde perderse

y los poemas el escondite donde me he encontrado;

 

por ahora, encallada en la lágrima de un náufrago,

si bebo es porque me callo,

y me callo porque tengo sed.

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