Nadie se ha preguntado que le da fuerzas a ese avión que salta tan alto
para después aterrizar tan bajo.
Qué necesidad tiene de ir por aire
si después estará a la misma altura.

Él prefiere cruzar fronteras en el aire.
Dice que ya hay demasiada gente intentado huir por tierra,
por no ahogarse en mares.

Que si ese avión no llega a su destino,
el único culpable será el mundo
por no girar y utilizar su rumbo.

Un mundo que cambia, cambia y no precisamente para mejor.
Cambia y modifica un paisaje
donde ese avión pueda suicidarse,
al ver tanta desgracia,
al respirar sin aire.

No sabe lo que es despegar
sin arriesgar la vida de nadie.

Él podría escribir un libro
solo de despedidas,
solo de suicidas
por no ver salida.

Solo él conoce,
la inexperiencia del primer vuelo,
o el suspiro tan esperado
al acariciar tierra firme.

Él sabe cuál es la última luz que se apaga en la cabina del piloto,
la que significa que hasta nueva orden:
no se jugará la vida,
no tendrá destino,
no provocará más heridas.

Que no estarán en su alma de hierro,
tantas vidas.

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