El cielo reclama sus bellas estrellas,

dibujadas en su piel por algún pincel perenne,

dispuestas sin ningún patrón aparente.

 

El cielo reclama sus bellas estrellas,

pero no desean marcharse,

no desean volver a la quietud de su hogar.

 

El cielo reclama sus bellas estrellas,

y yo las puedo rozar sin temor a perderlas,

todo lo ineludible se encuentra entre ellas.

 

¡Qué reclame el cielo!

¡Qué reclame cuanto quiera!

Que no existe suficiente autoridad para poder romperlas.

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