Es mío. Mío, solamente mío, por siempre mío. Cuando una circunstancia inofensiva les empujó a nombrarme, mis padres no sabían que estaban haciéndome, dotándome de significado. Cuando el hombre se puso en pie y se atrevió a no señalar, estremeciendo al cosmos mismo: abrió la boca y nombró. Así empieza la historia del hombre –de la avaricia, de la posesión insana–.

El nombre es lo más intrínsecamente nuestro. Un nombre evoca una ausencia, una mano que acaricia, un cigarrillo en esa boca. No consigo despojarme de algo que es mío, no puedo creer que sea yo –lo más terrible es que soy yo– el que se gira cuando, inesperadamente, me nombran.

Ni en la soledad más apacible y hostil consigo librarme de esa carga, de esa significación que se me ha dado de forma inocente. No me asusta mirarme al espejo, no me asusta el recuerdo doloroso. Lo que me asusta es que ese trapo sucio y deshilachado existe porque tiene un nombre, una identidad asignada.

El antipalíndromo perfecto: Sergio. Ni aun mediante un juzgado, unos papeles y unas firmas que me acrediten como César. En la noche, como un fantasma que me observa mientras fuma, Sergio estará ahí, esperando, siempre y siempre Sergio.

Este es el primero de mis textos en ver la luz aquí, con el equipo de Filosofers. Son realmente maravillosos, y su blog, con ese séquito de escritores, fotógrafos, etc., además de sus propuestas y su tienda, lo demuestran. Luchan por algo justo y necesario: la revitalización del pensamiento crítico. Curiosead –sapere aude quizá sea más apropiado–, porque su página web no os dejará indiferentes. Y si encontráis algo por su tienda –es imposible no encontrarlo–, utilizad este código: Knox. Obtendréis un 10% de descuento en vuestra compra. Sin más, nos seguiremos leyendo por aquí, en esta modesta pero infame turba de nocturnas aves.