“El estado es -según la definición clásica del politólogo Max Weber- aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama para sí el monopolio de la violencia física legítima” Normalmente se le ha entregado más atención a la segunda parte de la conocida definición, no obstante todo parte de la primera. La geografía, el territorio, es tremendamente importante para el estudio de la historia, y, dentro de ello, de la política. Es lógico que en Ciencias Políticas haya una rama entera dedicada a la geopolítica y que en las antiguas licenciaturas se aunasen Geografía e Historia en una sola carrera. ¿Cómo podemos entender el mundo donde se sitúan las distintas sociedades sin explicar cómo es la tierra sobre la que cultivan o las especies vegetales y animales disponibles para su alimentación o su aprovechamiento? Para explicar el porqué de las incursiones vikingas a lo largo de Europa o las grandes colonizaciones griegas en el Mediterráneo no se puede obviar la escasez de zonas de cultivo en sus regiones y las pocas oportunidades de prosperar allí.

Los seres humanos sacamos la alimentación de la naturaleza y el descubrimiento de la agricultura produjo la gran revolución neolítica que provocó la sedentarización, a partir de la cual se ha asociado la civilización con el cultivo, esto ocurrirá ya en China, en Egipto siendo el Faraón el garante de las cosechas o con diosas grecolatinas como Deméter que eran valoradas como deidades civilizadoras. ¿Hubiera sido Egipto el gran imperio de la antigüedad sin contar con las cíclicas crecidas del Nilo que la convirtieron en tierra de excedentes y siendo más tarde el granero del imperio romano? ¿Nos sería posible explicar que no se utilizase en América la rueda hasta la llegada de europeos si no nos fijáramos en la inexistencia de animales capaces de tirar de los carros? Es evidente que no.

                        Gran Canal Chino (s. VII) 1700 km declarados Patrimonio de la Humanidad Aún en uso.

Las fronteras naturales son otro asunto esencial que permite comprender el alcance de la geografía. Muchas sociedades antiguas se separaban por estos elementos. De hecho aún lo hacemos. El río Grande/Bravo separa a EEUU de México, los Andes a Chile de Argentina y en España tenemos los Pirineos al norte y al sur el mar. El Mediterráneo ha sido históricamente, a pesar de las profusas relaciones comerciales entre unas y otras orillas, una frontera natural no solo física sino también simbólica (pensemos donde colocamos el límite del Primer Mundo). En lo referente al ámbito sólo físico, ¿hubiera podido una atrasada Alta Edad Media europea resistir el imperioso avance del Islam, que se extendía de las arenas de Arabia a las murallas de Constantinopla y del Valle del Ebro, pasando por la cordillera del Atlas a la frontera china, sin contar con el Mediterráneo de por medio? Sinceramente, lo dudo mucho.

Tampoco se puede comprender cómo durante siglos dos grandes imperios como India y China no hayan tenido grandes enfrentamientos militares, y en cambio si hayan existido entre China y sus vecinos del norte, sin ver que entre los primeros se alza el Himalaya y con los segundos no hubo esa suerte por lo que los enfrentamientos con dichos enemigos propiciaría la creación de la Gran Muralla China. Y es que cuando la naturaleza no te da ventajas tienes que buscártelas tu misma. Incluso, yéndonos mucho más atrás, encontramos un caso extremo de separación geográfica con los pequeños seres humanos encontrados en la Isla de Flores en Indonesia que, como le ocurrió a una especie de elefante en el mismo lugar, llegó a la isla y con el tiempo vio reducido su tamaño debido seguramente a la escasez de recursos del lugar.

Everest, el límite entre dos grandes imperios asiáticos

También los reinos europeos de la Edad Media estuvieron a punto de ser invadidos por esos mismos mongoles que conquistaron China (y, como veremos, también lo intentaron con el imperio del sol poniente). Poco podía impedirlo, las delicadas alianzas que se fraguaron entre los cristianos en este contexto apenas hubieran podido hacer nada para evitarlo. Los mongoles, que se extendían desde Corea hasta el Danubio, simplemente decidieron, por factores que nada tuvieron que ver con los reinos cristianos, no seguir. Como en muchos otros casos, uno de los imperios más grandes de la historia se valió de la ausencia de barreras geográficas en el continente euroasiático para extender sus conquistas.

Las islas son otro buen ejemplo de los límites que la geografía pone a los seres humanos. Dos casos, las islas británicas y Japón. Fue en 1066 la última ocasión en que algún ejército extranjero puso su pie sobre las primeras, y esto se debe en gran parte a los mares que las rodean y la climatología que las acompaña. Felipe II, Napoleón y Hitler quisieron hacerlo y no lo lograron, como tampoco estos últimos lograron la conquista de la extensa Rusia de la que se quedaron a las puertas. Lo mismo ocurrió con Japón, otro estado que durante mucho tiempo ha fijado sus límites a las costas de sus islas, que en el siglo XIII, en el contexto de la tremenda expansión de Kublai Kan, estuvo muy cerca de ser incorporada a sus conquistas. Su salvación no llegó de su superioridad bélica (pues los medios y tropas invasoras eran muy superiores), sino gracias a un tifón que diezmó dichas fuerzas, lo que ellos llamaron “el viento divino”, en el japonés original kamikaze.

Expansión del Imperio Mongol durante el siglo XIII

Durante milenios los estados que mejor han dominado las vías de comunicación han sido los que a la larga mejores resultados han cosechado. Pongamos como ejemplo a Roma. Este pueblo itálico puso mucho interés en la construcción de puentes para salvar desniveles y en la construcción de calzadas, ambos dos de los logros más recordados de su legado. Absurdo, ¿eh? ¡unos malditos caminos! Pero, ¿en qué lugar de los que estuvieron los romanos no nos queda algún resto de uno u otro? En España podemos verlos por doquier, como en el gran puente de Alcántara. Pues bien, como hemos comentado, las comunicaciones son esenciales en los grandes estados, de esta forma, productos, información y ejércitos se mueven a una velocidad mucho mayor mejorando la operatividad de los gobernantes. Si nos vamos a ejemplos más cercanos podemos observar que la Primera Guerra Mundial solo fue posible gracias al desarrollo de la tecnología de vapor que propició el ferrocarril y permitió el movimiento de tropas a una velocidad nunca vista antes.

Decía Rousseau que la fe es cuestión de geografía, y es fácilmente entendible comprendiendo que por los caminos se mueven no solo personas sino también ideas, productos (no olvidemos la Ruta de la Seda), religiones y enfermedades, por lo que la facilidad geográfica para la creación de dichas vías de comunicación es esencial para explicar la expansión de estos tres elementos. Es lógico que los que descubrieran el Nuevo Mundo, se pusieran primero en contacto con  las sociedades de las costas atlánticas africanas, dieran con la ruta para llegar al Pacífico por occidente y llegaran a Asia bordeando África (o, como Reino Unido, pocos siglos después construyeran el mayor imperio naval de la historia), fueran miembros de estados situados en el extremo occidental del continente europeo y rodeados en gran parte de agua. No es casualidad tampoco que el cristianismo sea la religión mayoritaria en toda América ni que las rutas marítimas, mucho más baratas, desbancaran las terrestres que traían los productos del extremo oriente. Sin las vías de comunicación no seríamos capaces de explicar el pasado y el presente.

Puente romano de Alcántara (s. II) Cáceres

Toda la historia del ser humano es una continua lucha contra la naturaleza. Es la técnica la que impulsa al ser humano a soslayar las barreras, en este caso geográficas, ya sea roturando tierras, abriendo canales, colocando diques o surcando los mares. La geografía no es el único factor de la historia, pero si es uno de los que más la ha condicionado a lo largo de la misma, en ocasiones hasta grados que nos cuesta imaginar. Es cierto que la técnica ha zarandeado el tablero de juego bien fijado durante miles de años con la invención de los medios de transporte, que como mencionábamos al citar la Primera Guerra Mundial, redujeron las distancias de una forma inimaginable poco tiempo antes. Todo empezó con las grandes colonizaciones de la Edad Moderna y tomó su acelerón con los avances industriales del siglo XIX y la aparición de la máquina de vapor y con ello el ferrocarril. Estos no redujeron solo el tiempo de viaje, sino también el espacio porque, como escribía Borges, el espacio lo medimos con el tiempo y al reducir el primero, reducimos lo segundo. A ello se le suma por supuesto, en el ámbito militar que es el que más hemos usado para ejemplificar estas barreras físicas o la ausencia de las mismas, los misiles a larga distancia y los ataques aéreos, que hacen más posibles conflictos bélicos entre regiones separadas físicamente, cosa que poco tiempo atrás era simplemente impensable.

Para terminar hay que decir que lo comentado son solo algunos de los aspectos, pero desde luego no son todos. El impacto de la geografía en los distintos países es muchísimo más amplia (latitud, clima, suelo, especies animales y vegetales disponibles, etc.) y puede llegar a explicar muchos aspectos de las políticas de los mismos durante la historia o incluso en la actualidad, como han tratado profusamente Jared Diamond, Robert D. Kaplan o John Mackinder, cuyas teorías, sumadas a lo que hemos ido comentando durante el texto, son esenciales para entender las relaciones entre política y espacio y para comprender que, al fin y al cabo, la historia es en gran medida una cuestión de geografía.

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