Martes 13, mal día para supersticiosos. Pero un martes especial. Un trampantojo de martes 13. Carnaval. A las 19h, acompañados del crepúsculo y de un impregnante olor a papel, a cultura, que empapa el ambiente de la misma manera que un tímido y contenido aguacero extraviado empapa el exterior. Encubridor de lo que está sucediendo en el interior de la librería Cervantes. Cómplice porque hasta la lluvia quiere ser espectadora de esta velada, quiere ser poesía.

Hoy se presenta aquí, en la librería Cervantes –que tantos autores ha visto nacer, crecer, emocionar–, Las farolas caminan la calle. El tercer poemario de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós. Aún no ha dado comienzo nuestra cita con la poesía y la sala ya está llena. Los más jóvenes nos ponemos en píe para dejar sitio a los más allegados. Si el ambiente ya era idílico, el broche de oro lo pondrá la cercanía. Me da la sensación de que estoy siendo espectadora de una tarde de té entre amigas, en la que Isabel es protagonista. Si no fuera suficiente con la poesía, los abrazos y el brillo en los ojos de todos los presentes, color reencuentro, nos aportan esa cercanía intimista tan asturiana. Tan necesaria cuando de poesía se trata.

En los ojos de la autora podemos ver el reflejo de la juventud, de los sueños, del cariño sincero. En sus versos, pequeñas constelaciones de sí misma. Su poesía nos brinda el calor que le falta a nuestras calles. Se le nota nerviosa, y nos da las gracias por abandonar la templada comodidad de nuestro hogar para venir a acompañarla. Ingenua de ella, que no sabe que su poesía es el alimento del brasero del alma de los espectadores.

Isabel, recitando uno de sus poemas

Pero entrando en materia, Isabel F. Bernaldo de Quirós es una profesora del departamento de zoología de la Universidad Complutense de Madrid, natural de Mieres, que acuna tres poemarios publicados en la editorial Vitruvio: Al son de las mareas, Luz velada y con el que nos deleita hoy, Las farolas caminan la calle. Ya avisaba Steve Jobs de la importancia de las personas que son capaces de colocarse en la intersección entre las letras y las ciencias. Isabel no nos deja indiferentes.

Nos introduce en su particular mundo literario a través de unos versos de León Felipe

Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo
Porque no es lo que importa llegar solo ni pronto,
sino con todos y a tiempo.

Y será precisamente el tiempo algo a lo que podremos recurrir a lo largo de toda su obra. Un tiempo al que se sumará la búsqueda, la protesta en forma de silencio, la melancolía, la esperanza, la templanza… y por encima de todo ello, la pasión por vivir.

Como lectores, aunque de manera inconsciente, siempre nos buscamos en los versos del poeta. Queremos vernos reflejados. Sentirnos partícipes. Isabel nos lo pone fácil. Es una artesana de la palabra, y pocas quedan como ella. Su palabra sana, hace mella, nos da esperanza y sienta como un jarro de agua fría que te abraza. En más de una ocasión nos dice Isabel que los poemas no están escritos para ser explicados, pero ella nos introduce a cada uno de sus poemas como si tuviera que darnos explicaciones por haber plasmado sus palabras de la manera en que lo hizo. Y, confidente, comparte con nosotros por qué prefiere arroparse bajo un manto de poesía: «En la poesía nos atrevemos a plasmar el sentimiento ajeno en boca propia con la misma soltura con la que plasmamos el sentimiento propio en boca ajena. Es un “yo”, una conciencia, que no encontramos en la prosa».

Con su sinfónica voz, nos coge de la mano y nos enseña el camino que ella recorrió al escribir Las farolas caminan la calle. Primero escribí los poemas, –confiesa– y de un verso nació el título. Tal y como nos explica, su libro se configura en cinco apartados. Cuatro de ellos introducidos por un Haiku. Cinco apartados con personalidades muy distintas, que se entrelazan a la perfección gracias a la voluntad creativa que las entreteje. Un primer apartado intimista, al que sigue un canto a la inocencia infantil. Después, la naturaleza nos atrapa, configurando un elemento importante en la vida de la autora. Tras esto, los recuerdos. Y como colofón, un canto a la vida, a la solidaridad humana. Una voz fuerte susurrando melodías que son, en definitiva, una defensa a aquellos que no pueden defenderse.

A lo largo de su obra, las farolas van perdiendo brillo hasta apagarse con un ligero golpe de viento, pero luego se encienden, renacen. Resplandecen con intensidad, como la vida misma.

En su peculiar constelación lírica, encontramos poemas dedicados al bloqueo del escritor, sacando magia incluso de los momentos donde la inspiración parece haber desaparecido. A su propia columna –y se ríe sonoramente cuando lo confiesa–, destacando la belleza de lo cotidiano. Al amor de su vida. O a los amores de su vida. Su marido:

Se lo que piensas, amor,
por los cambios de tus silencios.
(…)
Aliento de mi desamparo,
no dejes que se aquieten tus silencios.

Y sus nietos, que en sus cortas e inocentes existencias ya poseen almas de poeta:

Cuando miras al mar de tus siete años
¿qué sientes, Guille?
Que las olas son dulces
Porque al romper en la arena
Hacen espuma de caramelo.

Para ponerle punto y aparte a la velada –no punto final, porque esperamos volver a verla en la librería Cervantes presentando su cuarto poemario–, Isabel y Susana Tejedor, responsable de Foro Abierto, nos interpretan “Entrevista al pasado” un poema a dos voces que se me clava en el alma:

(…)
¿Pero nunca llorabas?
Lo justo,
sin caer en el drama de los mayores.

Mi mano se levanta automáticamente, y casi antes de que me den turno de palabra le pregunto “Isabel, ¿Ha caído usted ya en el drama de los mayores? Si no fuera así, ¿puede compartir con nosotros el secreto para huir de él?” y me contesta “Yo no he caído en él, afortunadamente nunca he dejado de ser niña. Pero hay otros que no corren la misma suerte y su tierna inocencia se ve teñida de amargura demasiado pronto por las consecuencias del drama de los mayores”. Una respuesta que, para mí, recoge ampliamente todo lo que se ha hablado y de lo que he sido testigo esta tarde.

Gracias Isabel. Que nunca cesen las farolas de alumbrar tu inspiración. Que nunca cesemos, tus lectores, de observarte, de admirarte, nuestra pequeña y bella estrella de nácar.