En el diálogo del Fedón se relatan los últimos momentos antes de que Sócrates bebiera la cicuta. Antes de la puesta de sol (pues indicaba el momento en que debía ejecutarse la sentencia) Sócrates se dispone a entablar una conversación con sus amigos, especialmente con Simmias y con Cebes sobre el alma y cómo es que ésta permanece después de que el cuerpo muere y conserva sus atributos. Como el mismo Sócrates lo menciona, no hay mejor actividad para un hombre que pronto va a morir, que se ponga a reflexionar acerca del lugar hacia el cual va a partir su alma. 

Sócrates creía que una vez que él muriera y que su alma residiera en el Hades, se encontraría con hombres buenos y justos, además de que estaría en presencia de los dioses, excelentes amos; y que por lo tanto no tendría por qué irritarse ante su muerte, ya que le esperaban mayores bienes que los que había obtenido en su vida terrena.

¿Quién era para Sócrates, entonces, un filósofo?, al respecto, dice:

“Porque corren el riesgo quienes rectamente se dediquen a la filosofía de que les pase inadvertido a los demás que ellos no se cuidan de ninguna otra cosa, sino de morir y estar muertos. Así que, si eso es verdad, sin duda resultaría absurdo empeñarse durante toda la vida en nada más que eso, y, llegado el momento, que se irritaran de lo que desde hace mucho pretendían y se ocupaban[1].”

La muerte, tal como la concibe Sócrates, no es más que la separación del alma del cuerpo; es el hecho de que el cuerpo se encuentre sólo en sí mismo, y que el alma se encuentre sola en sí misma separada del cuerpo.

El cuerpo es aquél que necesita cuidados constantes, nos genera deseos y pasiones y por lo tanto dolor y sufrimiento, ya que nada que se encuentre en el mundo de lo corpóreo, permanece. A través de él nos llegan las sensaciones y todo lo que podemos percibir, y sin embargo, nos engaña. Nuestro cuerpo es algo perecedero, decadente, que tarde o temprano va a acabarse consumiendo en la existencia.

El alma en cambio, es fuente de toda verdad, es la parte racional y espiritual en el hombre y en el momento en que el cuerpo muere, ella permanece. Es en sí misma, y a través de la reflexión es como puede aprehender la verdad de las cosas.

El cuerpo es, entonces, un impedimento para que el alma logre llegar a la verdad puesto que el alma no se puede separar del cuerpo y por lo tanto  se ve engañada por los sentidos. El alma sólo tiende hacia lo verdaderamente existente en el momento en que es en sí misma, cuando puede reflexionar de manera óptima es cuando se ve libre del cuerpo, separada de éste; de otra manera nunca podrá llegar al conocimiento de la verdad.

El filósofo sabe que su alma se encuentra residida en la cárcel del cuerpo y es engañada por éste, y que debido a esto no puede alcanzar la verdad de las cosas. Él no tiene manera de cambiar esto, lo único que puede hacer es prepararse toda su vida para la muerte a través del camino de la filosofía, esperar a que la muerte alcance su cuerpo y a cambio de esto, como una especie de tregua, que su alma sea capaz de alcanzar la verdad después de todo ese tiempo que tuvo que soportar verse engañado por su cuerpo y padecer sufrimientos y pesares. El filósofo que busca la verdad rectamente se desprende de todos los placeres y deseos que le exige su cuerpo en la medida de lo posible porque sabe que en ellos tal vez no pueda negar encontrar cierto placer y que puede provocarle felicidad, pero esta felicidad sólo será fugaz, debido a que está destinada a desaparecer puesto que la fuente de su deseo está residida en un cuerpo que también lo está, y en el momento en que se vea privado de eso que le hace feliz le seguirá un estado de sufrimiento.

Así es cómo Sócrates le argumenta tanto a Cebes como a Simmias por qué el filósofo aspira a la muerte y por qué esto es lo más deseable para aquél que se dedica a la filosofía.

[1] Fedón, 64e.

Un comentario de “Lo que el Fedón nos dice acerca del filósofo.

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