He retrasado mucho este momento. El momento de abrir en canal mi corazón y decirte todo aquello que tantas veces estuve a punto de decir y no dije, todo aquello que te dije de malas formas aún teniendo la razón y también todas aquellas cosas que por costumbre o rutina no suelo decirte.

He estado tan enfadada contigo sin saber decirte por qué, que al final no me ha quedado nada. Me enfadé contigo, supongo que porque no había otra persona cerca. No te entendía, aunque tu tampoco lo hacías. Jamás viste que yo estaba creciendo en un mundo que no me pertenecía, un lugar que jamás llegue a comprender ni a querer del todo. Sentía que no encajaba, que era una pieza rota, necesitaba alguien que entendiera eso, y tú no estuviste ahí. Al menos no como yo habría querido. Aunque después de tanto tiempo no sé ni yo misma lo que hubiera necesitado, al final supongo que ninguna solución hubiera sido buena.

Y aunque yo sé que siempre has estado y tengo la certeza de que siempre estarás, no te sentía cerca. Es ese egocentrismo adolescente. Crecía poco a poco, y me daba cuenta que la vida no es aquello que te prometen de pequeña. De buenas a primeras no vas a ser una princesa, por más que siempre me lo hayas dicho. Sé que crecí rápido, dejé de ser tu niña pequeña, y me sorprende que aún a día de hoy pienses que soy aquella renacuaja de cinco años que corría de aquí para allá y a la que levantabas bien alto para que tocara las estrellas. Te costó asumir que algo había cambiado, no me aceptaste tal y como era, y sí, eso me dolió.

Necesitaba que me dijeras que todo iba a ir bien, que me engañaras si hacía falta. Solo quería alguien que me escuchara y me permitiera poder ser todo aquello para lo que yo jamás me creí suficiente.

Pero tampoco te lo reprochó, porque dentro de ese egocentrismo adolescente no me di cuenta de lo mal que lo estabas pasando tú. No pensé en como te sentías ni tampoco me puse en tu lugar. Solo ahora sé lo que tú sentías, y entiendo que muchas veces las cosas no han sido fáciles en tu vida, pero han tenido que pasar varios años para que yo por fin recaiga en este hecho. Yo no veía tu valentía, ni tu fuerza ni las ganas de luchar que has tenido siempre, de hecho, uno de mis mayores miedos era ser como tu de mayor. Centré todo aquello que me hacía daño en ti, así era más fácil sobrellevar todo lo que me pesaba. Y de esta manera me aleje de quien eras, hice de ti otra persona distinta. Obvié de forma consiente todo aquello que eras para redimirlo a la nada más absoluta. Te tengo que decir que no me importaría ser como tú, porque, aunque es cierto que aún hay cosas que no me gustan ahora soy capaz de ver más allá, soy capaz de verte y apreciarte. Y pienso que eso es importante, es decir, aprecio tu niñería, tus ganas de sacar una brizna de humor a todas las situaciones, la capacidad de sobreponerte a pesar de tus límites, y esa apreciación antes no la tenía. Te admiro, has luchado, aunque a ti también te haya costado bastante tiempo empezar a hacerlo.

Al fin y al cabo, somos personas ¿no? Tenemos el derecho a equivocarnos, y yo jamás te concedí este derecho. Quería que fueras perfecto, todo aquello que anhelaba y ansiaba, aquello que yo quería ser y pensaba que tú eras, pero estaba equivocada, tú no eras una proyección de mi mente. Tú eras tú, y yo no te aceptaba. No quería hablar contigo, porque, aunque como he dicho antes siempre has afrontado los problemas de la vida, nunca has afrontado los tuyos propios. Por eso no quería ser como tú. Yo era un mar de dudas y problemas, tenía mucho miedo. Estaba empequeñecida y me intentaba sentir más grande, más fuerte, quería enfrentar mis problemas, pero no podía, las cadenas y los demonios eran superiores a mí. Quería ver en ti aquella fuerza que a mi me faltaba, pero no sabía que tú en aquel momento también carecías de ella.

Sé que la situación no fue fácil, sé que te lo puse muy difícil. Y te pido perdón por todas aquellas veces que solo tú y yo sabemos, por más enfadada que estaba con el mundo, no había motivo que pudiera justificar mi comportamiento. Te pido perdón por todas aquellas veces que inconscientemente te hice sentir mal. Y quiero que sepas que te perdono, por todo aquello que injustamente había odiado, por esas veces que dijiste cosas que preferirías no haber dicho y que sabias que me hacían daño.

Porque ambos estamos aprendiendo día a día, momento a momento. Y hoy te escribo esto por dos motivos, primero para darte las gracias, y en segundo lugar para expresar todo lo que he guardado bajo llave. Gracias por no decaer y a pesar de todo estar conmigo, sé que, aunque muchas veces no me puedas entender me apoyaras y eso es una garantía de vida. Gracias por enseñarme que no hay imposibles, por ser el único que me hace sonreír cuando estoy mal y por quererme como solo tú lo haces. Te seré sincera: muchas veces no voy a apreciar nada de esto, como de costumbre lo daré por hecho, pero estoy muy agradecida por enseñarme que todo era posible cuando lo daba por perdido.

 

Eras, eres y serás mi héroe.

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