Por Luis M.Augusto

 

En Sobre el porvenir de nuestras escuelas, Nietzsche parte de la premisa de que no hay cultura más contraria a la natural o ideal que la cultura moderna –la pseudocultura–, que sustenta y ampara a su vez a las instituciones de enseñanza.

En un sentido general, Nietzsche defiende que –como más adelante trataremos– la cultura moderna acaba con el genio, reduce sus condiciones de posibilidad y de realización al democratizarlo; la educación moderna acaba con el individuo, lo domestica y amansa. En un sentido particular, la pseudocultura aniquila la comprensión de la cultura misma como algo vivo y la convierte en un objeto de consumo: el objetivo supremo de la utilidad es el estar proyectada hacia y regida por asuntos económicos. Por ese motivo, la pseudocultura no se preocupa ni por la lengua ni por su corrección, sólo por la utilidad; la cultura moderna es una cultura de la mercancía. La mercantilización de la cultura llevada a cabo, según Nietzsche, por el mundo moderno acaba así con la esencia de la cultura: la cultura instrumental es una cultura propia de un mundo cansado de sí, de un mundo demasiado rápido que rechaza perseguir grandes ideales y que se conforma con tratar de educar al mayor número de personas corrientes posible. Sostiene Nietzsche que la educación moderna no arriesga: desprecia los senderos no transitados o bien toma el camino amplio y llano de los valores de la época: la autopista de la opinión pública; como contrapartida, la cultura creadora de valores se desecha porque no genera dinero. La cultura moderna es una cultura del ‘para x’ y la educación moderna se preocupa del individuo en tanto forma parte –prescindible– del gran mecanismo social: utilidad, beneficio y eficacia. Por si esto fuera poco, Nietzsche arremete contra la pseudocultura calificándola de contra-natura porque atenta contra el orden natural del espíritu al pretender reducir al hombre a patrones, englobarle y encasillarle en el Sistema, es decir, igualarle, restarle importancia y hasta negarle lo más original de su ser con el propósito de crear rebaños de hombres: las instituciones de enseñanza ayudan a conseguir la mediocrización del hombre, homogeneizan, agostan todo viso de individualidad al reducir su naturaleza a patrones culturalmente preconcebidos. En suma: la cultura moderna educa al hombre en unos valores decadentes, nihilistas, convirtiéndole en un ser decadente, en un ser cansado del mundo y de sí mismo. Pero la decadencia del hombre no sólo viene sólo de mano de la educación recibida por el Estado sino también por los educadores modernos de la masa y los modeladores de la opinión pública: los periodistas.

  1. Las perversiones de la cultura. Según sostiene Nietzsche, dos son las tendencias contrapuestas, y de acción igualmente perjudicial, capaces de fundar una pseudocultura y atentar contra la cultura: la máxima extensión y la tendencia a disminuir la potencia de la cultura en función de fines ajenos a ella misma.

La primera de las tendencias de la pseudocultura es practicada por el Estado y consiste en ampliar el número de individuos que pueden ser llamados cultos, lo que supone una apertura o universalización del concepto ‘cultura’–repárese en que, para Nietzsche, la extensión de la cultura lleva a su desnaturalización. Desde esta perspectiva, la cultura es: «la habilidad con que se mantiene uno “a la altura de nuestro tiempo”, con que se conocen todos los caminos que permitan enriquecerse del modo más fácil, con que se dominan todos los medios útiles al comercio entre hombres y entre pueblos.»[1] La cultura moderna trata de escamotear lo que es la cultura en su sentido originario; en otras palabras: la cultura moderna oculta que la auténtica cultura sólo sea realmente posible para unos pocos. La estrategia de la máxima extensión de la cultura obedece al propósito de disimular un hecho patente: la desigualdad entre el número de las personas con cultura y la ineficacia del aparato cultural de la época para alumbrar individuos geniales. La masificación de la enseñanza, atenta contra el desarrollo del genio o de aquellos para los que la educación fue en un principio destinada; los derechos del genio son democratizados para ocultar la tragedia de la cultura: el hecho de que muchos han de esforzarse para alumbrar a uno sólo. Con vistas a ese fin, es decir, acabar con la cultura, se promociona e incluso se tiene como bien vista la extensión de la cultura; extensión, por otra parte, que no resulta ser más que producto periodístico, superficial, actual, moderno: enfermo. La extensión de la cultura aporta enormes ingresos monetarios, incita al consumo y ocasiona una decadente superficialidad en la formación del individuo. «Se le concede al hombre sólo en la medida en que interesa la ganancia; sin embargo, por otro lado se le exige que llegue a esa medida […] La humanidad tiene necesariamente un derecho a la felicidad terrenal: para eso es necesaria la cultura, ¡pero sólo para eso!»[2]. De este modo, permitir a todos los hombres la posibilidad de acceder a la cultura supone convertir la cultura en ocio y consumo, y negar de raíz la cultura según la entiende nuestro autor: una necesidad vital del hombre. En conclusión, no cabe para Nietzsche la cultura de la masa.[3]

En segundo lugar, existe otra perversión de la cultura que impide una formación integral: la restricción de la cultura propia de los ambientes eruditos. Si con la extensión se lograba una educación completamente superficial o periodística, con la reducción de la cultura nos encontramos en el otro extremo: la restricción de la cultura le lleva al hombre a correr el riesgo de abundar en unos estudios estériles de índole micrológica.[4] En este caso, el peligro no es de la falta de información sino el del excesivo detalle de la misma, el detalle del recadero. En lugar de ocuparse de asuntos verdaderamente importantes para su existencia, el hombre ansía la especialización, convertirse en un obrero de la industria cultural, en un erudito, con lo que pierde el interés por la cultura en general.

  1. Cultura y filosofía de Estado. Como es sabido, Nietzsche mantiene una férrea oposición contra el Estado moderno. Según defiende nuestro filósofo vitalista, en Grecia, el Estado velaba por la cultura, en lugar de dirigirla en función de sus propios fines. La educación quedaba bajo la responsabilidad del ciudadano, como una exigencia para consigo mismo y no como una obligación institucionalizada. En oposición, la Modernidad porta en su seno la desnaturalización de la cultura, la tergiversación de su esencia. Ahora se contempla un fin ajeno a la cultura y se la deja de considerar un fin en sí misma.

En un panorama tan desolador aparece un mentiroso defensor y fomentador de la cultura. Ahora la masa ya no es guiada por el genio sino por el Estado: «¡Ahí tenemos un fenómeno nuevo! ¡El Estado como estrella polar de la cultura!»[5]. Un Estado que obliga a sus individuos a difundir su terrible cultura universal, a retroalimentarse gracias a las cadavéricas huestes de funcionarios y a promover la creación de ciudadanos conformistas. El objetivo del Estado moderno y la cultura por él impuesta no es otro que el de formar el mayor número de hombres mediocres posible, es el de convertir en corriente al hombre, en mercancía o moneda de cambio. Como es de esperar, el Estado no soporta la individualidad y la ataca con rabia. No aguanta la originalidad: la partitura estatal no admite notas discordantes en su melodía preestablecida. El Estado pretende introducir, cuanto antes, al hombre en su lecho de Procusto, pues sabe de los peligros que entrañan las ideas nuevas para la estabilidad del sistema. Aquello que no concuerda con los patrones predeterminados es atacado como ajeno. Pero el Estado no se limita a acabar con sus enemigos, crea su propio ejército. La educación estatal fomenta y engendra una jerarquía de funcionarios, engranajes aptos para desempeñar determinadas funciones en la maquinaria del Estado y satisfacer las necesidades del mismo. «Por mucho que el Estado se jacte de todo lo que hace por la cultura, lo cierto es que no la fomenta sino para fomentarse a sí mismo, y es incapaz de concebir un fin superior al de su propia existencia y prosperidad.»[6]

Nietzsche no escatimará en el lanzamiento de invectivas para denunciar la relación mantenida entre el Estado y la filosofía. A su juicio, la figura del filósofo si por algo se caracteriza es por su independencia con respecto al Estado.[7] La filosofía estatal ha renunciado a la búsqueda de la verdad y se ha regido, en última instancia, por los dictámenes del Estado; esa es su traición. El Estado no permite el librepensamiento, pero posibilita, como medida legitimadora de su cultura, el que ciertos individuos, previamente elegidos por él, filosofen. Sin embargo, nunca el Estado fomenta filósofos, a no ser con fines lucrativos o habiéndose garantizado de ante mano el tenerlos de su parte y bajo su control. La filosofía es buena para el Estado cuando pone su atención en la utilidad y deja al margen la búsqueda de la verdad, es decir, cuando deja de ser filosofía. La relación con el Estado es perjudicial y trae consigo una serie de consecuencias nefastas para la filosofía: obliga a fundarla como erudición, convirtiéndola en filología, y acalla el pensamiento. No nos llevemos a engaños, el Estado es quien escoge a sus servidores filosóficos.[8]

  1. Las instituciones de enseñanza: bachillerato y universidad. Desde la postura nietzscheana, ‘Institución de enseñanza’ es una contradicción en los términos; o bien se es una institución o se enseña, pero ambas jamás. Según defiende Nietzsche, la institución de enseñanza, como institución, se preocupa por lograr la institucionalización legal del adoctrinamiento en los dogmas y en la moral del Estado. Como sabemos, los métodos modernos de enseñanza no pretenden alcanzar la liberación del hombre, sino, por encima de todo, su sometimiento y ruina. No es otro el error capital del sistema educativo moderno: deformar a los hombres –tras constantes reformas– en lugar de formarlos.

En la concepción nietzscheana de la educación, la clave del sistema educativo es el instituto de bachillerato, la universidad no supone más que el remate de la trayectoria del instituto. La educación moderna flaquea desde sus comienzos: desde el bachillerato se empieza a envenenar las almas de los jóvenes. Les imprimen un rencor sin igual hacia la originalidad, lo que acaba con su sensibilidad artística. A fuerza de patrones recurrentes, los jóvenes terminan aborreciendo la auténtica cultura, ya no tienen ganas si quiera de embarcarse en grandes proyectos ¿y cómo iban a poder tan sólo contemplar esa posibilidad en lontananza si se les ha robado el coraje de mirar al frente? La auténtica cultura se halla a una distancia insalvable del bachillerato actual. Es más, ni siquiera sueña con alcanzarla, pues la mira con recelo y la rechaza con odio. Incluso llega Nietzsche a afirmar que es una grave falta del bachillerato fallar a su auténtico objetivo: proporcionar libertad, autonomía al individuo para ulteriores desarrollos culturales, pero resulta aun más preocupante saber que, si otorga alguna autonomía, es la autonomía con respecto a toda institución de cultura. En el instituto, base sobre la cual construir la cultura, se inculcan todos los males a las futuras generaciones: se les enseña a hacer periodismo.

La universidad, como continuación de la tendencia del bachillerato, no se librará de la quema nietzscheana. Se podría decir incluso que, en la crítica a la universidad, Nietzsche carga las tintas, aun más si cabe –recuérdese que Sobre el porvenir de nuestras escuelas son una serie de conferencias pronunciadas ante un público universitario. En primer lugar, a parte de las consecuencias adversas derivadas de una masificación de la enseñanza tales como la fuga de buenos profesores, la caída del aristocratismo y el exilio voluntario de genio, Nietzsche denuncia el tono dogmático y da muestras de su sorpresa por el alto aprecio que suscita un cadáver como el de la institución universitaria.[9] Para Nietzsche, la universidad se reduce a una boca que habla y miles de oídos y manos que escuchan y escriben, es decir: una máquina cultural autoritaria, donde la relación entre el profesor y el alumnado es inexistente.[10] La enseñanza, el afectar al      pathos del oyente con el discurso, se realiza cuando el receptor se encuentra predispuesto para recibir en su seno aquello que se le dice y sólo se encuentra predispuesto cuando uno mismo se deja decir. El hablar requiere por tanto un escuchar, pero no nos equivoquemos, Nietzsche no se ha retractado de sus anteriores afirmaciones: la cultura comienza con la obediencia y la disciplina; el diálogo y la armonía son posteriores.

La cultura moderna convierte a la universidad en una fábrica de pseudocultura y de abastecimiento de funcionarios. En cuanto dependen del Estado, la filosofía universitaria, así como la universidad, pierden la capacidad de agitar las conciencias. La filosofía y la universidad no fomentan la actividad crítica ni guardan relación con el arte, se vuelven recurrentes, comienzan a oler mal, enferman y mueren. «En efecto, éste es el epitafio que cabría poner en la tumba de la filosofía universitaria: “No ha conturbado a nadie” […] Puestas así las cosas en nuestros días, va de suyo que la dignidad de la filosofía está por los suelos. Parece como si ella misma se hubiera convertido en algo ridículo o indiferente, de suerte que todos sus verdaderos amigos tuvieran que sentirse en la obligación de testimoniar contra semejante malentendido, mostrando al menos que tan sólo son ridículos o indiferentes esos falsos servidores e indignos portadores de la filosofía.»[11] Con todo, no nos demos por vencidos; Nietzsche nos insta más bien a lo contrario: una batalla perdida no supone una completa derrota. Todavía quedan unos pocos hombres dispuestos a luchar.

  1. La consumación de la cultura moderna. Nietzsche sostiene que el periodismo, la institucionalización de la crítica estética como barbarie, es la encarnación y plena realización del ideal moderno de la cultura: una cultura fundamentada en el dinero y la utilidad.[12] El periodismo sintetiza, a juicio de nuestro filósofo, la extensión con la reducción de la cultura, pero no para generar una auténtica cultura, sino para producir la degeneración completa, es decir, la cultura que, aun siendo una aberración del ideal clásico, se presenta ante la masa como verdadera o sana cultura. Según declara Nietzsche, el periodismo, enfermedad de una época decadente, se presenta en lugar de la cultura; adquiere así el papel de ser el educador de las masas. Si las instituciones de enseñanza son las glándulas encargadas de producir el veneno, producto de una cultura muerta, los periodistas son los colmillos, huecos, que tienen la misión de inocular al hombre la toxina nihilista. Los periodistas son los heraldos de la cultura moderna de masas y representan fanáticos adversarios de la auténtica cultura, partidaria de la naturaleza aristocrática del espíritu. Como sostiene Nietzsche, el objetivo educativo del periodismo es tratar de emancipar a la masa de la tiranía del individuo y así acabar con la esencia de la cultura: el sometimiento al genio, pero ocurre que los periodistas o los despertadores del pueblo son destructores de la cultura, combaten contra la jerarquía del reino del intelecto.[13] En conclusión, la cultura acaba allí donde comienza el periodismo; no se puede servir a dos amos: a la cultura o al dinero.

[1] F. Nietzsche, Sobre el porvenir de nuestras escuelas, op. cit., conf., 1, 58-59.

[2] F. Nietzsche, Sobre el porvenir de nuestras escuelas, op. cit., conf., 1, 60.

[3] Con todo, no es lícito deducir de lo anterior la oposición nietzscheana a que el pueblo goce de una cierta formación. Pero una cosa es contar con unos conocimientos elementales y otra muy distinta suponer que todos los individuos disfrutan de una verdadera cultura. Si se garantiza un igual acceso a la misma, en sentido estricto, lo único que se garantiza es que ninguno de ellos podrá jamás gozar de ella. Tema tratado en Schopenhauer como educador, op. cit., § III.

[4] En la Segunda Intempestiva, Nietzsche distingue entre tres maneras de hacer historia: monumental del anticuario y crítica. Precisamente, la segunda se corresponde con la restricción de la cultura. La historia de anticuario, forma degenerada de la historia monumental, su fundamento consiste en no percibir generalidades, sino sólo particularidades. Se caracteriza por su afán coleccionista, micrológico. No en vano, rechaza lo nuevo. Venera lo caduco, por el mero hecho de serlo y no por su valor. Respecto a la vida, la historia de anticuario, como ocurrirá con la restricción de la cultura, aboga por paralizarla, por su conservación o, si acaso, su circulación por recintos cerrados.

[5] F. Nietzsche, Sobre el porvenir de nuestras escuelas, op. cit., conf., 3, 122. Afirmación crítica contra Hegel.

[6] F. Nietzsche, Schopenhauer como educador, op. cit., § VI, 199.

[7] Ibid., § III.

[8] Reflexionando, Nietzsche recuerda: «Todavía creíamos inocentemente que quien tenga en una universidad el cargo y la dignidad de filósofo debe ser también un filósofo: precisamente carecíamos de experiencia y estábamos mal informados.» [F. Nietzsche, Sobre el porvenir de nuestras escuelas, op. cit., conf., 1, 51]. Así se cumple el temor del amigo de Nietzsche, a saber, el de que llegaría un día en que un filósofo le impediría filosofar [idem].

[9] «Por lo demás, no dejaba de extrañarme qué pocos conocimientos se imparten de hecho en la universidad, y cuanta estimación suscitan, a pesar de todo, los estudios universitarios.» F. Nietzsche, De mi vida, op. cit., 270.

[10] Cf. F. Nietzsche, Sobre el porvenir de nuestras escuelas, op. cit., conf., 5, 165.

[11] F. Nietzsche, Schopenhauer como educador, op. cit., § VIII, 224.

[12] Ibid., § VI, 187.

[13] F. Nietzsche, Sobre el porvenir de nuestras escuelas, op. cit., conf., 3, 106.

Un comentario de “Nietzsche y La Educación – La crítica a la cultura moderna. –

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