Toda la vida me habían hecho creer que los problemas hay que solucionarlos y si es cuanto antes, mejor. Es más, podría decir que he crecido escuchando que todos los problemas tienen solución menos la muerte. ¿Será  precisamente ese el problema?

Crecemos y hacemos crecer a lxs niñxs enseñando que todo problema debe ser neutralizado menos precisamente aquel que da motivo y a su vez lo quita. Enseñamos a renunciar a aquello que ni nosotrxs entendemos, damos por terminado un tema mucho antes de empezarlo y aplacamos cualquier visión esperanzadora que se pose sobre la idea estereotipada que ya tenemos.

En cuanto adquirimos conciencia propia (fuera de la herencia paterna) somos capaces de plantearnos los límites de la existencia ( sin dejar de sentir miedo y sin abandonar la idea prefabricada que ya tenemos).

Abrimos la puerta a nuevos conceptos que tarde o temprano descartaremos para volver al punto inicial, al que recurrimos cada vez que un problema se antepone a nuestra idea esperanzadora. Entonces, volvemos a la frase de siempre y con mirada optimista nos autoconvencemos de que el problema no es tan grande si lo comparamos con aquel que nos da tanto miedo.

Y así, entre problema y problema damos por hecho que hay ciertas cosas que no tienen solución y que si la tienen, es demasiado compleja como para centrar la atención.

En este punto de la vida entendemos entonces, que es precisamente el problema de la vida el que hace de motor.

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