(El siguiente artículo es una traducción al español del original en portugués publicado en Medium. Las notas, subrayados y enlaces son autoría de su autor original, Sapataria Radical)

Para entender el posicionamiento feminista radical en lo que concierne a la identidad de género, primero es necesario definir lo que es género y lo que es identidad.

El género es un concepto que no se aplica sólo a la estratificación de mujeres y hombres; la palabra género significa, esencialmente, una categorización de un grupo de objetos o seres a partir de características comunes. Hay género literario, género biológico (la especie Homo sapiens, por ejemplo, pertenece al género Homo), género musical, cinematográfico, textual, entre innumerables otras aplicaciones.

En lo que concierne a hombres y mujeres, el género es diferente del sexo. El sexo es el nombre dado a nuestra anatomía reproductiva; los seres humanos son hembras o machos. Es una característica innata e inmutable: no se “deconstruye” o se redefine un par de cromosomas y la anatomía proveniente de ellos; es parte de la materialidad de nuestros cuerpos, y tal vez si no viviésemos en una sociedad patriarcal no sería definidor de nuestra experiencia personal y de toda la categoría política de nuestra clase sexual.

Pero estamos en un patriarcado, y uno de sus mecanismos más eficientes es el género, pues es responsable de la complacencia de las mujeres en ser definidas como el sexo que está ahí para ser oprimido y explotado. Explico: la palabra género surge no para identificar personas leídas como mujeres u hombres en la sociedad, sino para atribuir estereotipos a las personas de acuerdo con su sexo biológico. En todas sus aplicaciones, el género es atribuido por la humanidad; es una construcción social que atribuye características como de hombre o de mujer, de comedia o de drama, de música clásica o de rock, etc; es la construcción social que define que el juguete rosa es para las muchachas y el azul es para los niños.

Una evidencia de esto es que nuestra biología es prioritariamente la misma, independientemente de qué parte del planeta nos encontremos: salvo raras excepciones genéticas, en cualquier lugar del mundo la sociedad está compuesta por hembras y machos. El sexo biológico es un material dado. Ahora, las consecuencias sociales de eso – lo que se impone a las personas a partir de su sexo biológico, o sea, el género – varían dependiendo de la cultura local. En la cultura asiática, por ejemplo, existe el alargamiento del cuello como estética considerada femenina, de mujer; aquí, esa característica sería encarada con extrañeza, pues nuestra construcción social de la feminidad no incluye esa práctica.

El género es un mecanismo patriarcal que hace que esas construcciones sociales de feminidad sean consideradas naturales o innatas, dificultando la revuelta de las mujeres: ¿cómo se lucha contra lo que supuestamente es de su propia naturaleza? Es decir, si queremos explorar las capacidades reproductivas, sexuales y laborales de las mujeres, hagamos que crean que su destino es la maternidad y la heterosexualidad; que el trabajo doméstico y de cuidado es esencialmente femenino; que su valor como mujer es definido por la atracción que ejerce en la población masculina; que agujerear el oído de un bebé recién nacido es aceptable si él es del sexo femenino; que la mujer es necesariamente complaciente, cuidadora, altruista, condescendiente, maternal.

El movimiento de liberación de las mujeres, incluso, fue desde el principio pautado también en la contestación de esa idea, de que esas características consideradas “de mujer” no constituían una esencia femenina, sino que se atribuían socialmente para el mantenimiento del sistema patriarcal. Las feministas de la segunda ola destrincharon la feminidad en todos sus aspectos, generando libros como Belleza y Misoginia, de Sheila Jeffreys, Woman Hating, de Andrea Dworkin, Mito del amor materno, de Elisabeth Badinter, entre innumerables otros, pues percibieron que la contestación del concepto de esencia femenina era crucial para la liberación de las mujeres, para que todas las mujeres se entendieran como personas capaces de poseer alguna característica y no biológicamente destinadas a una función en la sociedad.

Dando continuidad, ¿qué es la identidad?

La identidad puede definirse de forma simple como el conjunto de características que distinguen a una persona o una cosa y por medio de las cuales es posible individualizarla. Un ejemplo claro de la aplicación de este concepto es la Identidad como documento, el RG, por el cual en Brasil es posible identificar a una persona, su sexo, su filiación, su nacionalidad, entre otras cosas. La identidad cultural, por ejemplo, se constituye en las tradiciones, la cultura, la religión, la música, la culinaria, el modo de vestir, de hablar, entre otros, que representan los hábitos de un pueblo. En un nivel individual, el concepto de identidad también se aplica para referirse a las características emocionales y sociales de una persona.

Pero nuestra posición en la sociedad no es definida por nuestra identificación con ese o aquel grupo; una persona blanca, aunque se identifique (sienta compatibilidad) con la cultura negra, no hará que sufra racismo o que entienda a lo que las personas negras están sujetas en la sociedad a partir de su raza. La raza, el sexo y la clase no son características identitarias, pues no se definen por la compatibilidad sentida con el grupo oprimido, sino por el encaje compulsivo de las personas en esas categorías. Por ese motivo, no se pauta política en identidad, pues no se pauta política en los sentimientos individuales de esa o aquella persona, sino en lo que concierne materialmente a la clase que ella pertenece.

La política pautada en el sentimiento de pertenencia y no en la realidad material de clase es llamada Política Identitaria. En esencia, ella no sería de todo perjudicial; su aplicación es errónea, pues la forma en que entendemos una identidad (por ejemplo, la identidad lésbica) es cargada de inherencia, atribuyendo a esa o aquella posición social el carácter de inmutabilidad, y no de posición social atribuida por estructuras de poder. Y, aunque reafirmar nuestra identidad como lesbianas, por ejemplo, tenga un carácter político innegable en la sociedad actual, olvidamos que ese carácter político se da por el hecho de que la heterosexualidad es obligatoria, y no por una inherencia de la sexualidad estratificada. Al reducir nuestra política feminista a reafirmar esas categorías en vez de cuestionar la construcción social de ellas como demarcadoras de posiciones sociales, perdimos la base de nuestro cuestionamiento inicial: la estructura de poder que nos coloca en esa o aquella clase por ser mujeres, o por nuestra sexualidad o nuestra raza, es que es el problema.

Dadas estas definiciones: ¿qué es la identidad de género?

La identidad de género es la expresión utilizada para definir la forma en que cada persona se lee e identifica socialmente en lo que se refiere al género (femenino o masculino), independientemente de su biología (hembra o macho). En principio, esto no parece un problema, después de todo, es pauta feminista que se entienda que el sexo biológico no define nuestra personalidad, nuestros gustos y nuestras acciones, y por eso las características entendidas como innatas de la mujer no lo son. Es decir: que la feminidad es una construcción patriarcal. Pero el concepto de identidad de género reivindica el derecho de las personas, independientemente de su sexo, si se reivindican con otro género, en lugar de cuestionar la existencia del género en sí. Esto evoluciona cada vez más hacia la creación de nuevos y nuevos géneros, pues las posibilidades de identificación personal de 7 mil millones de personas son prácticamente infinitas.

Esta concepción aboga por que el género sería un espectro, alargando un espacio entre la construcción social del género masculino y la del género femenino para albergar nuevas identidades, las llamadas no binarias. Así, en lugar de cuestionar la existencia de las categorías, se crean nuevas categorías, y se dividen prioritariamente todas las personas en dos grupos: personas cisgénero y personas transgénero. Por definición, transgénero sería “alguien que tiene una identidad de género diferente de la esperada por la sociedad en función de su sexo biológico o del sexo que se le atribuye a esta persona en su nacimiento“, y cisgénero sería la persona cuya identidad de género sería “correspondiente al esperado por nuestra cultura. Si nace en el sexo biológico masculino, se identifica en el género masculino (hombre cis). Si nace en el sexo biológico femenino, se identifica en el género femenino (mujer cis)”.

El problema no está, -como muchos opositores de la teoría radical quieren que la gente piense-, en el concepto de transgénero en cuanto no conformidad con la imposición social del género, y por consecuencia en la existencia de personas que se reivindican en cuanto transgénero. La no conformidad con el género femenino es pauta feminista. La cuestión que hace la ideología de género incompatible con la teoría y la práctica feministas es la defensa de que la necesidad de la no-conformidad existe por la existencia de otras identidades de género con las que identificarse (femenino, masculino o no binario), y no por el hecho de que el género es una imposición social patriarcal que necesita ser abolida. La ideología de género reduce un mecanismo político de dominación a un problema causado por incompatibilidades personales de cada uno.

El concepto de transgéneridad como es usado sólo puede existir en oposición al concepto de cisgeneridad, y el concepto de cisgeneridad es antifeminista per se. La afirmación de que existen mujeres cuya naturaleza es compatible con lo que es entendido por esencia femenina, en términos del activismo trans, mujeres cis, sirve al patriarcado. No es posible al mismo tiempo rechazar ese estereotipo y reivindicarlo. El concepto de identidad de género se basa en una supuesta esencia femenina para existir, esencia que es justificativa para que las personas del sexo masculino se identifiquen con el género femenino: ellas no tendrían opción, sería parte de quién ellas son; esa esencia que es una construcción social patriarcal cuya existencia debería ser cuestionada y no reafirmada por la militancia feminista.

No basta la nocividad de ese concepto por sí solo, la ideología de género da lugar a la creación de otros nuevos conceptos. La opresión patriarcal, por ejemplo, en esa ideología, se expresaría también a partir de los llamados binarismo y cisexismo. El cisexismo sería, primero, la “desconsideración de la existencia de las personas trans* en la sociedad“, y el binarismo sería la noción de que existen sólo dos géneros y que las personas deben necesariamente encajar en alguno de ellos, o sea, la desconsideración de las llamadas identidades no binarias. Estos dos conceptos se basan en las falacias.

La teoría feminista no reconoce la existencia de personas cis. En realidad, consideramos que las personas que no se identifican con lo que es impuesto a ellas por una cultura patriarcal son simplemente…todas las personas de la sociedad, pues esos estereotipos son sociales, son mecanismos patriarcales, y no una característica personal inmutable, innata o inherente. La divergencia entre el feminismo y el activismo trans está en concluir que, porque una persona no se identifica con lo que se espera de lo que es designado a partir de su sexo, ella sería del otro género o de un nuevo género. Es ilógico pensar que el feminismo es esencialista o que defiende que las personas continúen conformándose con los estereotipos atribuidos a su sexo simplemente porque es justamente por la abolición de esos estereotipos que él se propone a luchar.

Y el género no es binario. La feminidad y la masculinidad no están en polos opuestos; una está por encima de la otra. La masculinidad no existe sin la feminidad para dominar, y la feminidad no existe sin la masculinidad para someterse. Por eso mismo que no es posible que se reinventen los géneros masculino y femenino sin mantener esa estructura jerárquica: porque el género por sí solo es una jerarquía.

El cisexismo y el binarismo compondrían una opresión que el activismo trans nombra como transfobia. La opresión no existe sin un opresor, y en ese caso las opresoras serían las llamadas personas cisgénero. Así, se relega a todas las mujeres que no se reivindican como transgénero a la categoría de cisgénero, y, por lo tanto, opresoras de personas transgénero. Para empeorar, serían opresoras por el hecho de supuestamente identificarse con la mujer, la esencia que fue creada e impuesta para oprimirla y explotarla. La única salida que las mujeres tienen en la teoría trans, para no ser colocadas bizarramente en la posición de opresoras, es si se reivindican trans.

¿Hay alguien en este mundo que sea “cisgénero”? ¿Hay alguien que se identifique con todos los aspectos de la feminidad o de la masculinidad? Y en lo que se refiere a la lucha feminista, la defensa de que una persona del sexo femenino que no se identifica con la feminidad es en realidad un hombre o una persona no binaria ¿no es justamente lo que queremos combatir? ¿Existe alguna forma de explicar la transgenerización sin recaer en estereotipos característicos del género que, recordando, es un mecanismo patriarcal?

El activismo trans respondió a esa pregunta diciendo que la identidad de género sería diferente de la expresión de género, o sea, que una persona del sexo masculino no necesita performar la feminidad para reivindicarse como mujer. Pero entonces ¿cuál sería el criterio para definir una identidad de género? Si la identidad de género de una persona no necesariamente exige que ella pertenezca a la feminidad o a la masculinidad, ¿en qué se basa? El activismo trans responde de nuevo: la auto-identificación. Se dice que se siente mujer, es mujer y punto, independiente de cómo la persona es leída por la sociedad. Al mismo tiempo, a la libertad que el activismo trans reivindica para inventar una infinita cantidad de nuevos géneros, tenemos ahí el supuesto de la política identitaria, luchando por el derecho de cada uno a afirmarse de acuerdo con una categoría política partiendo únicamente de lo que se siente, o de lo que afirma sentir. Luchando por lo tanto para que todo un movimiento político se base en ello para existir y reivindicar sus pautas.

Sin ser suficiente la ineficacia de este tipo de política, el activismo trans fue más allá: exige que personas que se identifican con lo que se entiende por género femenino son mujeres y deben participar y pautar la lucha feminista. Se supone que su posición en la sociedad es definida por su identidad, por cómo se sienten o dicen sentir, y no por lo que se les ha impuesto – de ese razonamiento, de nuevo, se entiende que existe una identidad correspondiente a las personas que se encuentran en una clase oprimida, identidad que las colocó allí, lo que es culpabilizador, inmaterial e incoherente.

Y cuando se pregunta qué es exactamente ese ser mujer, responden: sentirse mujer. Cualquier otra concepción de la mujer es considerada transfóbica. De esta forma, se retira la autonomía de las personas del sexo femenino de definir su propia naturaleza, sus pautas, sus luchas, su existencia como mujer que no cree en la inherencia del género. Esas mujeres son escrachadas con la connivencia de los movimientos de izquierda, incluso partidarios, a la par que violan, odian y desean la muerte de personas transgénero por cuestionar un concepto antifeminista. Si eso no es backlash, yo no sé lo que es.

La incorporación del concepto de identidad de género al movimiento feminista hizo que se perdiera la definición de lo que es una mujer pues definir mujer como alguien que se identifica como mujer no es definir, ese significado es completamente vacío y circular en la medida que utiliza la propia palabra “mujer” para definir lo que es una mujer. Vaciar la categorización de lo que es una mujer es vaciar la lucha feminista, pues no hay cómo luchar por los derechos de un grupo si ese grupo no está definido. Hoy se ven mujeres recién llegadas al feminismo liberal de internet y de los medios de comunicación decir que el feminismo es la lucha contra todas las opresiones, que la mujer es un concepto aún indefinido, entre otros absurdos —pues es considerado opresor centralizar una lucha sólo en las personas del sexo femenino.

El movimiento trans que se auto-nombra transfeminismo defiende que el feminismo necesita ser desgenitalizado, ignorando siglos de opresión patriarcal basada en el sexo biológico, y planteando cómo cuestionarse la existencia del género sin que importen los genitales de esa o aquella persona, y sin considerar la realidad material de que la clase sexual de las mujeres es oprimida y explotada por sus potenciales capacidades reproductivas. La lesbiandad, por sí sola, se vuelve transfóbica a partir del momento en que mujeres que resisten arduamente a la heterosexualidad obligatoria se niegan a considerar lesbiana a cualquier persona del sexo masculino.

La izquierda ahora lucha por la aprobación de leyes que legitiman una práctica que los hombres usan hace tiempo: entrar en espacios exclusivamente femeninos para espiar y violar a las mujeres. Ignora que el derecho a esos espacios, que no se refieren sólo a los baños, sino también a refugios para víctimas de violencia, han sido duramente conquistados por mujeres feministas y no un hecho dado por la sociedad patriarcal. El acceso masculino a los espacios fue relativizado de tal forma que basta que se digan del género femenino. Hoy en día no es necesario ni que se pongan una peluca. Si el baño masculino es una zona peligrosa para personas abiertamente transexuales, y no discrepo que así sea, entonces que usen el baño de las mujeres, aunque ese esté siendo usado por hombres para abusar y violar con la connivencia de la ley. ¿Quién se preocupa por las opresoras cisgénero, no es así? Las consecuencias para la lucha de las mujeres son incontables, y no citaré todas ellas aquí.

Cuando entendemos al género como el mecanismo patriarcal utilizado para socializar a las mujeres de acuerdo con la feminidad, estereotipo que sirve al mantenimiento del patriarcado, la salida lógica es desmantelar la categorización de las personas a partir de su sexo. Tan pronto como conocemos el feminismo, aprendemos que no hay objetos o comportamientos de hombre o de mujer; que es una construcción social impuesta. Las feministas que profundizaron en esta cuestión fueron más allá y dijeron que no sólo no existen objetos (juguetes, ropas, etc) específicos de cada sexo, sino que también los aspectos de la personalidad atribuidos a los sexos son falaces, es decir: la emotividad, la complacencia, la condescendencia, la pasividad, entre otras, no son características definidas por nuestro sexo biológico, y si así parece es porque las personas del sexo femenino han sido socializadas para comportarse de esa forma principalmente por creer que así debe ser.

A esto se refieren las feministas radicales cuando hablan de reivindicar la abolición del género: que nada sea impuesto a esta o aquella persona en base a su sexo.

Cierro con un texto cuya autoría infelizmente desconozco:

“Todas las hembras son coaccionadas a la transición para la noción patriarcal de lo que es ser mujer (y no femenina). Toda mujer leída como mujer es trans.
El sistema endocrino masculino parece producir las características físicas de la masculinidad, pero, por alguna razón, el sistema endocrino femenino no produce características femeninas, éstas son forjadas y forzadas por el patriarcado.
Cuando los machos entran en la pubertad, empiezan a quedar físicamente completos y si no hacen ninguna alteración (como dejar de hacer la barba, por ejemplo) no son vistos como menos hombres, apenas como un hombre diferente de los demás. Exótico, pero todavía masculino.
Las hembras parecen entrar en una zona de desastre al inicio de la pubertad, teniendo que pasar por una serie de implicaciones artificiales para caber dentro del concepto de feminidad, como depilación, cejas, adornar las uñas, pintar los cabellos, dietas excesivas, etc.
La feminidad, a diferencia de la masculinidad, tiene que ser creada y mantenida. La feminidad, al contrario de la masculinidad, no existe en ambientes donde hay suciedad, sudor, grasa, cuerpos en estado natural.
La masculinidad, a su vez, existe desde un sendero de tierra con cuerpos sucios de lodo como dentro de un traje italiano, y permite que los hombres sean hombres en cualquier espectro y cualquier situación – no los limita.”


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