No quiero ser de nadie,

si acaso mía,

o sea de nadie,

si acaso isla,

o sea paloma.

 

El otro día alguien me dijo

que el caos es mar

y yo navego en esta ola

que se llama miedo

como quien teme demasiado naufragar

y por eso se ahoga.

 

Nunca hice demasiados números

para escribir un poema,

por eso creo, eterna ilusa,

que la vida es también igual,

como si no fuese tan sólo un ensayo

donde creemos aprender

para volver a equivocarnos.

 

¿En qué momento me convertí

en este error que tiembla?

Fui deseo en aquél ojo vago

y el tornado que arrasó

otras playas,

donde la orilla era un regalo envenenado.

 

Perdóname -me digo-,

pero no me perdono

esta herida abierta que supura

recuerdos y palabras,

noches bajo la esperanza

que ahora es un pecho vacío,

oscuridad y mancha.

 

¿En qué momento me convertí en esto?

Si yo era eso,

creyendo sin duda

en la certeza absurda

de sentir aquéllo

-porque no hay certezas,

y si las hubiera,

son una cárcel

de barrotes abiertos-.

 

Soy la condena de un pájaro

que no sabe utilizar sus alas

y que, por tanto,

más que un pájaro es una lápida.

 

Me asusto de mí

siendo ahora estas palabras,

precisamente porque no son

sino el principio

y aún así se acaban.

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