Me suelo presentar a certámenes literarios. El último no lo gané, como, aproximadamente, los siete anteriores, y, por qué mentir, me produjo una profunda insatisfacción. Soy joven, aún la vida no me ha golpeado lo suficiente como para ser realista, y seguramente Cela o Machado no sentirían la misma desazón que yo cuando en el fallo pronuncian un nombre que no es el mío. O quizá sí. Ningún artista –nadie, en general– se enorgullece de sus fracasos, nadie pretende fascinar a la masa contando cómo se vive siendo un grano de arena más en el inmenso desierto. Pero analizar la relación individuo–masa es otro tema. La impotencia de ver cómo mi trabajo, mi tiempo, el desgarro que palpita –o eso creo– en mis textos se volatiliza en un segundo y me hace sentir idiota, o, lo que es peor, un mal escritor.

 

Recuerdo que cuando vi la entrevista de Joaquín Soler Serrano a Julio Cortázar sentí un vértigo extraño. Ese verano había leído Rayuela –que no hace falta entender para que te agite las entrañas–, y escucharle hablar de su obra y de cómo él como escritor había sufrido un proceso creativo prácticamente idéntico al que sufro yo cuando quiero escribir me puso los pelos de punta. Tampoco quise compararme, ni mucho menos, así que lo dejé pasar. Pero, meses después, cuando vi la entrevista de Ana Cristina Navarro a Gabriel García Márquez y comprobar, nuevamente, que mis inquietudes más recónditas las compartía con nada más y nada menos que el escritor de Cien años de soledad, me obligué a reflexionar sobre ello. No podía ser casualidad. ¿Es que acaso yo era un genio, y que la Academia Sueca estaba atentísima a las publicaciones de mi blog? Es más, ¿es que acaso las cinco visitas mensuales que obtienen mis relatos son de esos señores tan eruditos? Tras mucho pensar y repensar, llegue a la conclusión de que no era así. Mi condena es especialmente trágica: me siento un escritor, pero, a efectos sociales, no lo soy.

 

Un actor en un teatro vacío, destartalado. Entonces, escuché a Enrique Vila-Matas:

Porque en realidad necesito mantenerme siempre tal como estaba al principio que cuando empecé a escribir, donde no me preocupaba nunca el riesgo, porque si un libro iba mal no pasaba nada porque habían ido mal los anteriores. Y el riesgo es fundamental para poder ser libre a la hora de escribir y no estar pendiente de lo que has hecho antes.

De nuevo, la piel de gallina. ¡Otra vez, maldita sea, un escritor y yo habíamos coincidido! Entonces creí comprender. Es precisamente ese sentimiento el que identifica al escritor, porque, ¿qué es un escritor si no un híbrido de curiosidad y frustración?  El riesgo es fundamental para poder ser libre a la hora de escribir. Si siento frustración cuando no es mi nombre el que aparece como ganador en un certamen no es por anhelar un reconocimiento multitudinario, ni llamadas de editoriales para pagarme los gastos de toda una vida. Creo que nadie que escriba con ese fin puede apropiarse de la palabra escritor. Si me duele el fracaso es porque había sangrado en mis palabras, y creía en ellas, y era una sangre tan mía y tan caliente que necesitaba mostrarla, porque sabía que, en el fondo, en la soledad absoluta que es el mundo, había alguien que también sangraba. Pero estaba equivocado. Un fracaso no hace a mis textos perder valor. Ciertamente, no sé para qué demonios sirve un fracaso, pero sí que sé que, con mi premio o sin él, nunca terminaré de sentirme pleno, y que mi angustia esconde un matiz idealista de querer cambiar el mundo. Y parar cambiar el mundo no necesito premios. Necesito ser escritor.

 

 

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