Si la semana pasada estuviste atento a la redes sociales o a los medios de comunicación puede que te enteraras de que el  22 de enero hizo 120 años del nacimiento del genio del cine al que Google dedicó un popular doodle. No es otro que Sergei Eisenstein, y aunque muchos parecer atribuirle su importancia en la creación de filmes históricos como El Acorazado Potemkin en 1925 (es muy posible que hayas visto la fascinante y archiconocida escena de las escaleras en el puerto de Odessa), su contribución al cine es mucho mayor si conocemos también su aportación al estudio del montaje y su importancia en la conformación del cine como un ámbito de estudio académico legitimado.

La faceta investigadora del director de origen letón es menos conocida para aquellos que no han ahondado en la historia del cine o el análisis fílmico, pero también muchas veces se pasa por alto una de sus grandes aportaciones, la introducción de la filosofía en los mecanismos propios del arte cinematográfico. Que por cierto la calificación de arte fue dada al cine por primera vez por parte de los vanguardistas soviéticos y del propio Lenin.

 

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Efectivamente, si alguna vez ponen en evidencia el poder metafísico del cine, por favor, mandadles un saludo de mi parte y comentadle la historia de nuestro amigo Sergei, que de forma breve pretendo exponer.

La escuela del VGIK (la escuela de cine de Moscú) fue la primera en estudiar el montaje cinematográfico. Dicho de otra manera, estudió la forma en el que el cine contaba las historias y nos las hacía creer. Si muchas veces nos metemos de lleno en una historia y a veces perdemos la noción del tiempo, nos identificamos con los personajes y volcamos todas nuestras emociones en la pantalla es gracias al montaje invisible o continuo.

Este estilo invisible fue perfeccionado de manera casi innata por los cineastas americanos; es decir, como cuando utilizas una palabra que sabes lo que significa pero te preguntan que quieres decir y no sabes cómo definirla, solo sabes utilizarla. Pues bien, a pesar de que Hollywood allá en EEUU podía suponer el completo archienemigo del régimen soviético en el que se encontraba la escuela de cine de Moscú, los estudiosos del VGIK seguían de cerca y con admiración las películas americanas y fueron los primeros en identificar y exponer todos sus trucos y mecanismos en cuanto a montaje.

Fue Eisenstein uno de los académicos más interesados en esto. Mientras que el montaje tradicional narrativo se mantenía en la base de  una unidad de espacio y tiempo, donde un corte notable supusiera un cambio de escena (es decir, de espacio o tiempo), Eisenstein ideó una metodología surgida de aplicar el materialismo histórico de Marx en el montaje. Veía el montaje como el resultado de colocar dos imágenes contrapuestas o en conflicto (tesis y antítesis) que en conjunto dotarían a esa secuencia de un significado propio (la síntesis). De esta manera, el montaje no se debía basar en colocar a lo loco imágenes una detrás de otra, sino que debían tener una relación dialéctica que le dotará de significado.

 

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Gracias a esto, el soviético exploró el campo del que había montaje intelectual o ideológico, un tipo de montaje con el que podía suscitar emociones o pensamientos de una manera precisa gracias a la unión de fragmentos que no tienen por qué tener ni el mismo espacio ni tiempo. Así, en su película La Huelga, intercalaba las imágenes de los obreros entrando en la fábrica con manadas de ovejas que eran conducidas a la granja, o cuando los trabajadores eran duramente reprimidos por las fuerzas del zar, con imágenes de un matadero

El director no solo expuso estas teorías, sino que además las puso en practica en todas sus películas ya citadas y en otras como Octubre o Iván el Terrible. Ni que decir falta que estos estudios abrieron camino a técnicas de propaganda que serían puestas en práctica en todos los lugares del mundo en adelante, y en especial durante la Segunda Guerra Mundial. Pero gracias a ello, permitió a los cineastas rusos mejorar un sistema que a día de hoy permite como podamos desconectar al introducirnos en nuestra serie favorita y suscitarnos todas esas emociones que más que sentir nos hacen vivir.