“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”

Eduardo Galeano

Escribía el jesuita Baltasar Gracián “visto un león están vistos todos, pero visto un hombre sólo está visto uno, y además mal conocido”. ¿Qué quiere decir? Pues que los animales son principalmente naturaleza, no eligen su propia vida, se rigen por instintos. En cambio, cada ser humano es libre de dibujar su propia vida,  partiendo de la naturaleza, pero elevándose sobre ella como ningún otro animal puede. Libertad, esa es la palabra que define por tanto al ser humano y es que la libertad ha sido uno de los temas sobre los que casi todos los filósofos han tenido algo que decir.

Curiosa es por ejemplo la concepción que de ella tenía Sartre. El pensador francés creía que el ser humano está “condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace”. Libertad y responsabilidad, un gran dúo por falta de espacio obviaremos en este texto. Volviendo a sus palabras estamos por tanto obligados a elegir, pues estamos incluso eligiendo aun cuando eligiéramos elegir que alguien elija por nosotros. El mismo filósofo pensaba, en las palabras de Fernando Savater,  que “el  hombre no es nada sino la disposición permanente da elegir y revocar lo que quiere llegar a ser: nada nos determina a ser tal o cual cosa, ni desde fuera ni desde dentro de nosotros mismos. A pesar de que a veces intentamos refugiarnos en lo que hemos elegido como si constituyera un destino irremediable […] siempre estamos abiertos a transformarnos o a cambiar de camino”. En definitiva, el ser humano como proyecto de sí mismo.

Baltasar Gracián

El derecho a la libre contradicción

“Soy lo que quiero pues quiero lo que soy, mi ser y mi querer se identifican y de ellos se deriva mi obrar”, escribía Arthur Schopenhauer en una mezcla de libertad y determinismo a mediados del siglo XIX. Él pensaba que lo que queremos y lo que somos estaba unido, que no había diferencia entre querencia y voluntad. Otros filósofos no están de acuerdo y creen que por un lado está lo que queremos y por otro lo que hacemos con ese querer (quiero a la mujer de mi amigo pero yo no querría quererla).  De nuevo Savater, siguiendo la idea de que sí hay una diferencia entre ambos aspectos, plantea las paradojas del querer lo que uno no quiere y el no querer lo que uno quiere. Quiero querer estudiar para aprobar (que es algo que no me apetece) y no quiero querer comer tanto para que no me duela la tripa (que es algo que si me apetece). Utilizamos aquí el verbo querer en dos sentidos distintos pues el primero de ellos se refiere a la voluntad y el otro al deseo.

Me parece tremendamente interesante pensar este aspecto de la libertad humana, el de la capacidad de lucha contra los apetitos propios un poco en la línea de lo que luego plantearemos en boca de Sócrates (y esto no va de reprimir cualquier tipo de deseo en un sentido moralizante, ya sea laico o religioso. No va de reprimirnos sexualmente, gastronómicamente ni nada así, espero que se entienda). Savater resalta este aspecto que nos lleva a querer querer cosas diferentes a las que en realidad queremos. En sus palabras, aquí estaríamos hablando de un “querer mejor”. (Por aquí podemos descender por un camino sin final donde nos planteemos si queremos querer lo que queremos, si queremos querer lo que queremos querer o si queremos querer lo que queremos querer querer. En fin, un lío)

Autonomía y los límites de la libertad

De Sócrates nos llega la idea de que ser libre es tener control sobre nuestros propios instintos, pues alguien que no se controla racionalmente no es menos esclavo que un animal. Vivir siguiendo los apetitos corporales para él no es vivir sino ser vivido. La razón como elemento diferenciador frente al resto de animales, pero ¿es la especie humana tan racional como pensamos? Así lo creyeron algunos pensadores griegos y de ellos lo tomaron en parte los ilustrados del siglo XVIII (idea a la que posteriormente reaccionarían duramente Freud y otros psicoanalistas).

Escribía el filósofo Luis Alegre, guiándose en parte por los ilustrados, en su interesantísimo Elogio de la homosexualidad que “ante un hombre o una mujer verdaderamente libres es imposible no sentir admiración y respeto”. Entendiendo por libertad “la capacidad de darse uno mismo la regla de su propia vida”. Ser realmente libre es lograr pasar de regirte por lo que se conoce como la heteronomía, es decir, ajustarte a reglas externas a tu persona, a tener antonomía (del griego nomos, regla). Para ser más claros y siguiendo a Alegre, es la diferencia entre la reputación y la dignidad, “es decir, entre la obligación de coincidir con una regla externa y la posibilidad de darse uno mismo, libremente, la regla de su propia vida o, lo que es lo mismo, entre el imperativo de coincidir con la corriente principal y el imperativo de coincidir con la libertad”. De hecho la frase con la que inicio el texto me parece muy sugerente a este respecto, pues reflexiona sobre la lucha contra uno mismo, contra condicionantes internos y externos, para sacar adelante la idea de nosotros mismos que queremos tener.

Arthur Schopehauer

Entonces, ¿somos totalmente libres? En realidad sí, pero con matices, pues no nos definen solo las decisiones “libres” (¿realmente existen?), sino también las que tomamos con márgenes muy estrechos de actuación. Es obvio que no podemos trazar un detallado plan de lo que va a ser nuestra vida y llevarlo a cabo tal cual. El filósofo José Antonio Marina, en un libro donde investiga el deseo, nos habla de algunos límites interiores. Él estructura la personalidad humana en tres capas, la primera es la que nos toca en la genética y que no podemos elegir, como las funciones intelectuales y el temperamento. La segunda capa será la aprendida, lo que comúnmente se conoce como carácter, en sus palabras “el conjunto de hábitos” de donde surgirán deseos (del hábito de huir o de ver la televisión se derivarán los deseos de hacerlo ante el menor problema y sentarse a verla el mayor tiempo posible). Por último tenemos la personalidad elegida, la que nos interesa. Ésta es la reacción que da la razón, condicionada por las anteriores, ante las situaciones que se te presentan con el objetivo de llevar a cabo el proyecto de vida elegido. Entonces ¿somos libres? Si y no, la libertad, como el propio ser humano, tiene límites. Mujeres y hombres somos seres limitados tanto espacial (los cuerpos son los que son) como temporalmente hablando (y la vida la que es). Es lógico que nuestra libertad también los tenga, en caso contrario seríamos seres divinos (omnipotentes, omnipresentes, omniscientes)

No decidimos, por tanto, sentir, desear, ni sentirnos quienes somos, pero sí decidimos que hacer con ello. No somos, ya se ha dicho, todopoderosos y por tanto hay que aprender a lidiar con los condicionantes internos (nuestros deseos, cuerpos, formas de ser, identidades) y externos (la realidad, las costumbres, las ideas, el azar) “¿Cómo podemos manejar las relaciones de poder que nos manejan?”, se preguntaba la filósofa feminista Judith Butler. Hombres y mujeres nos damos nuestras propias reglas partiendo de lo que somos y de donde estamos. Una de las máximas más famosas de la filosofía antigua era el conócete a ti mismo. Con tus ventajas y tus defectos, aprende a superarlos, mejórate. Seamos nuestros deseos, por supuesto, pero seamos sobre todo nuestras voluntades que moldeen que deseos nos son útiles para hacernos aquello que queremos ser. Sigamos las reglas que nosotros, y nadie más que nosotros, hemos decidido seguir. Seamos, como escribía Kant, valientes para servirnos de nuestro propio entendimiento sin la guía de otros. Sapere aude!

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