He muerto de frío y aquí estoy

sobornando al rojo que hay en mis uñas

para que simbolice la sangre que me habita

en este estar viva más allá de la supervivencia.

 

He sido la guerra más cruel conmigo,

la ferocidad de quien cree poder ser firme,

jamás magnánimo, en el dolor auto-inflingido,

en el dolor nunca fingido de mi huida y su marcha.

 

Márchate, le dije al viento con v mayúscula,

y se marchó allende el olvido es un barco

abandonado siempre en un cicatriz inmensa

que se pierde en un océano de inseguridad.

 

Ruido y flechas, ecos y desmanes,

no te desmayes aún, primavera triste,

debemos seguir alimentando estos cipreses

que dan sombra y paz a nuestras cicatrices.

 

La noche se convirtió en estado de ánimo,

y miro las plantas de mis pies

y hay un mapa con lugares felices

y otros paisajes que,

por dolientes y sangrantes, son grises.

 

Estoy siendo las palabras que no digo

porque los versos son distancia

y “ahoras” que no conjugan con espacios,

y espacios que son burdeles que se abandonan.

 

Voy a bailar en estas metáforas

golpeando a los golpes con mis caderas;

voy a bailar con el corazón en la mano

para después guardarlo en el mapa de mis pies.

 

La libertad de mis piernas termina en el cielo,

y mi boca vestida de rojo quiere morder manzanas,

hay pecados que son sólo intentos

de despistar a necios que creen poder salvarme.

 

Me salvaré en la playa de arena y olvido,

donde mis heridas son lamidas por amor

caminando con mi perra en casi julio,

rozándome los cascos el alma y el sujetador.

 

Me salvaré bañándome en la luna llena,

en la cadencia lenta de una canción,

mientras tanto, heme aquí, casi despierta,

soñando poder ser alguien con su propia voz.

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