En su libro ¿Qué es el hombre?, Martin Buber explica que para poder tener una visión completa del hombre necesitamos situarlo correctamente en la naturaleza;  esto puede lograrse si lo comparamos con los demás seres y con las demás cosas y a su vez desciframos el tipo de relaciones que establece con cada uno de ellos. El hombre ya no debe verse como un objeto a estudiar, sino como el hombre que se piensa a sí mismo. Que se sabe finito, y ante esa finitud también se reconoce como frágil y vulnerable. “Que transita por el estrecho sendero que lleva del nacimiento a la muerte; prueba lo que nadie que no sea él puede probar: la lucha con el destino, la rebelión y la reconciliación, y en ocasiones, cuando se junta por elección con otro ser humano, llega hasta experimentar en su propia sangre lo que pasa por los adentros del otro”. La búsqueda por una respuesta no debe reducirse a la multiplicidad de relaciones que el hombre posea, sino también debe centrar su atención en la manera en la que es asumida la naturaleza humana desde lo más particular a lo más general. Para que una autoconciencia pueda ser legítima necesita estar fundada en estos aspectos.

El esfuerzo del ser humano por tratar de entenderse a sí mismo –en un primer momento a nivel histórico y luego personal- se puede resumir en dos momentos que pueden visualizarse a lo largo de la historia de la humanidad: el individualista y el colectivista. En una concepción individualista el hombre se asume como individuo de una manera tan radical que lucha por la exaltación de su “separatidad”. Podríamos decir que durante esta etapa el hombre se siente como un ser arrojado al mundo, un ser abandonado  que aún no encuentra un lugar en el mundo más que asumiéndose desde su propia individualidad y soledad. Sin embargo la soledad lo hace sumirse en un estado de profunda angustia y desesperación. Para poder lidiar con dicho estado hace uso de la imaginación que le provee una especie de refugio contra lo que le provoca el darse cuenta de su soledad. Cabe recalcar que el no poder lidiar con dicho estado supone una desviación, como resultado de ésta surge la imaginación y una segunda etapa: la colectividad.

En la colectividad el hombre pierde su individualidad y pasa a sumergirse en un grupo, con lo cual también pierde parte de sí mismo. Es cierto que ya no vive en un constante estado de angustia, pero esto se debe a su alienación y no ya a una vivaz conciencia. Ya no tiene que preocuparse por sus decisiones puesto que ya no es él quien decide, ha dejado en manos de una “masa” todo lo concerniente a su vida. Cree haberse librado de la desesperación pero en realidad sólo se engaña, vive en un estado de ilusión.

En ambas concepciones el hombre se ha visto desviado; en el individualismo la imaginación surge como producto de tal desviación y en la colectividad es la ilusión. Buber propone como solución dejar aquellos estados puesto que no han funcionado como nosotros quisiéramos, y pasar a ver al hombre desde una relación hombre-hombre.

 

La propuesta que me gustaría plantear frente a este problema no deja de lado ambas concepciones; a saber, la individualista y la colectivista. Desde mi punto de vista me parece demasiado precipitado descartar de una manera tan inmediata ambas concepciones, y es que no es que no tengan nada que ofrecernos, simplemente que no sabemos asumir adecuadamente cada una de ellas. El problema radica no en sus fundamentaciones y planteamientos, sino en el mismo hombre. El hombre como incapaz de superar el estado de angustia y desesperación que supone en un primer momento el individualismo asumido desde la soledad. La superación de tal estado resultará también benéfica para el colectivismo. Es aquí donde creo  que Nietzsche puede darnos un elemento clave para la superación de la desesperación: el amor fati. Amor al destino; no sólo  soportar lo necesario, ni siquiera disimularlo… sino  amarlo.  No querer que nada sea diferente, amar y aferrarse a la vida con toda la multiplicidad de sensaciones que ésta implica; pensar el instante y la existencia como  eternos.

La eterna repetición del  sufrimiento  sería tal vez uno de los aspectos más angustiantes del eterno retorno. El dolor es uno de los sentimientos que más se ha calificado de negativo, generación tras generación.

Amar la vida no sólo implica aceptarla con todos aquellos instantes de felicidad y placer. Serle fiel a la propia existencia implica amarla profunda y absolutamente. Y esto también incluye al sufrimiento.

En  La Gaya Ciencia, Nietzsche nos expone la necesidad de este sentimiento. El dolor engendra pensamiento, engendra  filosofías, uno ya no regresa igual de este tiempo de padecimiento; nos volvemos más críticos, más exigentes con nosotros mismos y frente a los demás. Especialmente los filósofos son aquellos que se tienen  que mover constantemente entre esta irradie sentimental. Ahí donde hay un abismo, hay también un filósofo. El dolor nos permite ponernos a prueba a nosotros mismos; la vida misma pasa a ser  problemática. Y con esto, Nietzsche no quiere decir que ya no exista un amor a la vida, o que nos convirtamos en seres fatídicos y sombríos; hay  un amor a la vida,  existe  un amor a la vida… sólo que se aprende a amar de otra manera.

“Tengo dudas de que un dolor así mejore; pero sé que nos  profundiza”.  Sólo mediante este dolor prolongado, con aquél que sentimos que nos quemamos como con leña verde, es el que nos permite una mirada contemplativa hacia el existir.  Ahora bien, este sentimiento que se genera gracias a la autoconciencia del existir, a la reflexión sobre uno mismo; sólo se da cuando el individuo tiene toda la amplitud de su tiempo. Este proceso necesariamente se da en soledad cuando se puede pensar con completa libertad y nuestro estado mental permanece en silencio y contemplando nuestra existencia.

El gran problema del hombre radica no en que no quiera conocerse a sí mismo, sino en lo que implica este conocerse. Como ya se había explicado en Buber, esta primera etapa individualista se da precisamente porque el hombre se halla solo, y es en soledad que el peso de su existencia cae sobre él. Es en soledad cuando empieza a reflexionar sobre sí mismo y sobre el mundo, y no puede evitar darse cuenta de lo mucho que está fuera de su alcance.  Sabe que no puede evitar no morir, que puede verse dañado por otros, que es sumamente frágil con respecto a la naturaleza, y que el hecho de que se esfuerce ardua y constantemente para lograr sus metas ni siquiera garantiza que pueda lograrlas ya que depende de muchos factores que, nuevamente, están fuera de su alcance. Incluso se sabe él mismo como cambiante; en pocas palabras, hay pocas cosas –si no es que más bien, ninguna- en las que pueda sostenerse. Se puede entender muy bien de dónde deriva la angustia y desesperación.

Debido a nuestra naturaleza humana, tratar de evitar estos sentimientos puede llegar a ser abrumador ya que es imposible. Es por eso que considero que la mejor postura que podemos tomar ante esto es la nietzscheana. Es decir, aceptar todas aquellas cosas que no podemos cambiar, pero especialmente los estados que se derivan de ellas como parte de nuestra propia naturaleza. Aceptar la angustia, la desesperación y todos aquellos sentimientos que podríamos definir como positivos o negativos es no sólo lo que nos va a permitir persistir para llegar al autoconocimiento, sino que también nos va a permitir afirmar nuestra naturaleza. Por aceptar no me refiero a tolerar que vayan a surgir siempre en nuestras vidas y por lo tanto soportarlos; sino que en la medida en que van surgiendo reconocerlos como parte de nosotros mismos y no verlos como una carga, sino como algo a lo que hay que sacarle el mayor provecho.

Ver de esta manera nuestras afecciones nos permitirá conocer los alcances últimos de la etapa individualista y colectivista, ya no podrá frenarnos el miedo a experimentar algo que sabemos que no hay manera de evitar.

Una vez que el individuo supera aquellos sentimientos que implica la soledad, puede empezar un nuevo proceso en donde pueda volver a experimentar el individualismo y el colectivismo pero ahora, revitalizado. De esta manera, en el individualismo asumirá que es un ser que viene solo al mundo, pero esto ya no será fuente de angustia, sino de búsqueda.

El colectivismo es la última barrera que ha puesto el hombre para encontrarse consigo mismo. Una vez que el hombre vuelve a esta etapa y en su nueva condición revitalizada, ya no hay manera de que pueda perderse en la colectividad. Esta fase no tiene que significar la pérdida de mi individualidad; sino el punto de encuentro conmigo mismo y con otro.

Amabas etapas sirven a modo de preparación para que el hombre, una vez superándolas, pueda pasar finalmente a su autoconocimiento. La esencia fundamental de la existencia no consiste en el individuo como tal ni cuando se halla inmerso en la colectividad, ambas etapas se dan por el hecho mismo de la existencia, pero ciertamente no constituyen la entera realización del individuo.

La esencia fundamental de su existencia consiste en el encuentro del hombre con el hombre. Es la búsqueda de un ser que busca a otro ser para comunicar una esfera común que sucede entre ellos. Este encuentro no es algo que acontece en torno a dos individuos que coinciden, tampoco es algo en lo que ellos se vean abarcados. Este entre supone una dimensión oculta para el resto de individuos, pero no para aquellos individuos en los que su existencia coincide –aunque sea de manera momentánea y sutil-  en una experiencia compartida a la que sólo ellos tienen acceso. Esta experiencia puede ser profunda y duradera, como aquella complicidad que se halla entre dos amigos, o ante una conversación espontánea con una persona a la que apreciamos. Pero también puede darse como un hecho casi imperceptible que apenas asoma a la conciencia; como en el instante en que dos miradas desconocidas coinciden. La importancia de estos encuentros no radica en la profundidad o duración, sino en el reflejo de uno y otro que da paso a saberse como una dualidad dinámica. Sólo en esta medida, y por medio de un otro, el hombre puede conocerse a sí mismo.

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