Se sabía de memoria el camino hacia los ciruelos.

Sabía el tiempo exacto que debía ocurrir entre el primer fruto aún verde hasta el último de ellos, listo para cortar.

Recordaba claramente que día había sido plantado cada árbol y cuál de ellos florecía primero.

Decía que la vida entera era como un jardín en el que confluyen distintos tiempos que aunque se entrecruzan, jamás se anulan.

Poseía una paciencia determinada cuando se trataba de esperar la primavera, pero eso quizá porque aún en las heladas más frías ella florecía, y

sus manos entretejidas con la tierra misma, también.

Incluso en los días malos en los que nos percatamos de que hay mucho sobre lo que poco podemos controlar, ella lograba apartar de su mente

todos esos contratiempos y fundirse como una sola en su cálido verde.

Mas como todo tiempo que se desenvuelve en uno más grande, se fue apagando. Pero se fue apagando no como algo que súbitamente decae, sino

como algo que se marchita para dar paso a algo distinto:   una nueva vida.

 

 

 

Para mi mamá, con cariño, de Ari.

 

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